Independencia disimulada

J. SÁNCHEZ HERRADOR

La respuesta a las dudas del Gobierno sobre lo sucedido el 10 de octubre es muy simple. El martes Carles Puigdemont declaró la independencia pero fabricó una última trampa para ganar tiempo, provocar el fallo del Estado e internacionalizar el conflicto. Es inútil hablar de una declaración de independencia formal cuando todo el proceso que deriva del 6 de septiembre es una continua sucesión de ilegalidades. Lo que hizo Puigdemont es una declaración política de independencia suspendida después y condicionada a una mediación imposible. Es un paso más de los separatistas en ese juego de cargarse de razones para culpabilizar al contrario.

Hubo declaración de independencia porque, si Puigdemont no lo hubiera hecho, el bloque secesionista se hubiese roto esa misma noche. Otra cosa es que los radicales de la CUP quisieran una proclamación solemne, una salida al balcón y fuegos artificiales. Hubo declaración de independencia porque solo se puede suspender lo que antes ha existido, aunque sea durante unos segundos. Después los diputados independentistas firmaron un documento constituyendo la república catalana sin que se votara en el Pleno.

Es imposible saber lo que Puigdemont contestará al requerimiento del Gobierno o si no responderá. Parece casi imposible que, habiendo llegado hasta aquí, rectifique su posición. La confusión era el último truco de los independentistas ante el vértigo causado por la fuga de empresas capitaneadas por el general Fainé y el nulo reconocimiento internacional. Si quitamos las mentiras, la farsa del 10 de octubre y el diálogo trampa, tenemos ahora lo mismo que había en los días anteriores: un Golpe de Estado en toda regla, una independencia disimulada y un art. 155 ineludible.

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