Independencia

Arsénico por diversión

Los imaginaba, como tantas veces me sentí yo, muy lejos de toda esa guerra que cuenta la televisión. Muy ajenos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Durante la tarde de ayer, mientras toda España estaba pendiente de una decisión política, estrictamente política, no pude evitar pensar en ellas. En todas esas personas que pretendían seguir la intervención de Puigdemont y las reacciones posteriores dando la merienda a un ser querido dependiente. Un padre, una abuela, un marido, una hija o un hermano. Alguien por quien dar la vida. Literalmente.

Los imaginaba, como tantas veces me sentí yo, muy lejos de toda esa guerra que cuenta la televisión. Muy ajenos. Muy ausentes. Como ausentes están esos políticos que, ebrios de ambición y poder, ignoran las verdaderas necesidades de la gente a la que dicen servir. A todos esos, que escuchaban al Presidente entre el yogur desnatado y las pastillas, lo que de verdad les preocupa es que no tarden en hacer la gasometría tanto como la última vez; que el médico no hable de operar, si es posible; que las medicinas nuevas no sean tan caras como las de antes o que les concedan la dependencia y poder comprar, por fin, una silla de ruedas y una cama articulada en condiciones.

Podía verlos andar hacia la cocina para coger un trapo y limpiar el yogur del pijama y el mantel porque, pendientes de la tele, el familiar intentó coger la cuchara y lo puso todo perdido. Oyen de fondo las declaraciones de unos y otros y el anuncio del Apocalipsis, y susurran muy bajito: «a mí me van a decir lo que es el Apocalipsis». Pero no se hartan, aunque no pueden más, ni cogen bandera alguna para salir a las calles. Su única bandera es ese pijama manchado que tienen que cambiar más de una vez casi todos los días. Luego vuelven al comedor, trituran las pastillas y las mezclan en la cuchara para intentar que se las tome. Una batalla campal. Una lucha cotidiana. Una guerra contra un monstruo que no asoma ni se ve pero que está destruyendo su vida en común. «Batalla campal», repiten sin darse cuenta y miran a los ojos de su familiar que les hace mal gesto en la última cucharada. «Venga, que si no llamo a los GEOS», dicen sin público que ría la gracia mientras en la tele aparecen, preparados, los antidisturbios. Y piensan en apagarla. Ya están los de siempre divirtiéndose como pueden. Oyen hablar de derechos, de libertades, de democracia, de futuro, de progreso. Y sienten ganas de llamar a todos esos pelagatos y mostrarles su libertad y su derecho. Y así una tarde y otra. Una comida y otra. Una noche y otra cambiando pijamas sucios. Sin saber lo que es dormir ocho horas seguidas. Ni seis. Mirarán a la tele y verán a todo esos que no tienen nada mejor que hacer que jugar a los tronos. «Esos no tienen una merienda que dar, ni un pijama que cambiar», piensan. Y lo peor no es que no lo tengan sino que viven ajenos a esas circunstancias. A la realidad. Sea un familiar dependiente, tres hijos sin un solo sueldo en casa o una pensión irrisoria que no deja salir de las salchichas y el caldito sin sustancia.

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