INACEPTABLE EN UN PAÍS MODERNO

VICENTE LLADRÓ

Lo que viene ocurriendo con los robos de naranjas en los campos es impropio de un país moderno y avanzado, como España quiere ser y de hecho lo es en casi todos los aspectos. Tenemos un sistema político con todas las garantías democráticas de cualquier otro país de nuestro entorno, como suele decirse; gozamos de una Sanidad pública que, pese a los normales defectillos, en la práctica casi inevitables cuando siempre falta algún céntimo para el euro, es de las mejores del mundo; también disfrutamos de un entramado educativo público que garantiza el acceso al mismo en igualdad de oportunidades; podemos alardear de altísimas dosis de libertad en todos los órdenes, y de bastante seguridad en casi todos los aspectos, muy por encima de otros muchos países que a menudo tenemos por ejemplares en tantas cosas. En suma, cabe presumir de que el nuestro es un país que pasa con notas altas cualquier tipo de auditoría que se le hiciera en asuntos o aspectos de la sociedad y la economía que configuran la vida cotidiana de la mayoría de los ciudadanos.

Entonces ¿por qué no se ataja de una vez el problema de los robos de naranjas, que van a más ante el escarnio general por la falta de medios para evitarlos?

No puede ser que a estas alturas sea tan inseguro tener una cosecha en el campo; es inaceptable que todos los días se sigan robando cantidades ingentes. Resulta incomprensible que esto suceda y no se ponga freno, porque sería relativamente fácil poner coto. Si no se pudiera vender lo robado, no lo robarían. Ni siquiera haría falta aumentar los medios de vigilancia y control en el campo. Eso sirve, salvo para dar buena imagen. Es imposible abarcar toda la geografía. Ni con drones. Muchísimo más efectivo sería controlar a diario las instalaciones en las que se compran naranjas y revisar a conciencia la documentación y la trazabilidad. Pero para eso hace falta buena especialización en el conocimiento de la fruta y de las distintas variedades, para saber diferenciar con un vistazo si es una u otra clase, si son frutos del árbol o del suelo, y así poder determinar si cabe que sea cierta la procedencia que se diga o se está dando gato por liebre. También hace falta poner en juego exigencias fiscales, sanitarias y fitosanitarias, así como cruzar datos con rapidez para saber toda la información sobre tal o cual parcela, porque por ahí se cuela mucho engaño. Y debería obligarse a que se pague la naranja comprada al menudeo sólo por transferencia o cheque nomitativo. Algunos ya lo hacen. Eso excluye de un plumazo a quien no le viene bien dejar rastro. Al mismo tiempo se deben inspeccionar cientos y cientos de tiendas en las que, sospechosamente, se venden naranjas a precios tan bajos que es fácil concluir que no incluyen el coste de compra. ¿Qué agricultor va a ser tan tonto que vende al detall a menos de lo que le pagan en el campo? Es que es de cajón. Además, basta ver las naranjas que están a la venta en ofertas de tres kilos un euro para darse cuenta que tienen el pedúnculo arrancado, cuando en la comercialización legal se cortan con tijeras apropiadas. ¿Y qué decir de los albaranes y facturas de compra? No se debe dar por válido cualquier papel que se muestre. Lo utilizan de tapadera. Un albarán de una caja comprada hace días no puede justificar varias cajas de hoy.

Todo esto configura un panorama en el que deberían intensificarse las energías aplicadas, poniendo en juego servicios de inteligencia para conocer al dedillo cómo se mueven y funcionan quienes roban, quiénes compran lo robado, cómo circula y dónde termina. Si se corta la cadena en el punto adecuado se resuelve la cuestión para siempre. De no hacerlo, además de no acabar con este grave problema, no serán creíble tantas declaraciones que anuncian la mayor voluntad de poner fin a esta lacra, y sin querer se estará dando la razón a los malpensados, que, ante este tipo de cosas, tan incomprensibles en un país moderno, suelen advertir que no se acaban de solucionar porque debe faltar voluntad política.

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