LOS IMPOSTORES

ESTHER ASPERILLA

Padecemos el síndrome del impostor. Lo tengo cada vez más claro. Como país. Como sociedad. Como personas. He leído sobre ello en un estudio académico y definitivamente casa con nosotros. Formulado por Clance en 1985 como un 'sentimiento intenso de falsedad o falta de autenticidad con respecto a la auto imagen de competencia', la definición nos va al pelo.

Clance la enunció pensando en el individuo pero yo opino que es perfectamente extrapolable a todo un colectivo. Porque es cierto. Nos creemos un fraude. Y no solo eso. Manifestamos un patente pesimismo defensivo, adoptando las más bajas expectativas ante cualquier situación a afrontar, en comparación con otros países. Es la profecía auto-realizada. Somos impostores porque así es como nos sentimos.

Mick, un profesor de la escuela en la que yo trabajaba en Londres, casado por cierto con una gallega, me lo decía un día en el pub (en Inglaterra las verdades siempre se dicen en el pub), «los españoles gustáis a todo el mundo excepto a vosotros mismos». No puedo estar más de acuerdo. Nuestra incapacidad para valorar nuestros propios logros, nos lleva a ensalzar los ajenos y esto se hace más patente cuando salimos fuera de nuestras fronteras. Fuera todo es oro y nosotros no estamos a la altura. O eso nos parece.

Me he acordado de nuestra supuesta impostura al leer una entrevista realizada por un diario de Huelva a mi amigo Miguel Ángel Mesa, que trabaja para la Warner Bros en Reino Unido. Onubense y afincado en Londres desde hace 'tela' de años, Miguel tiene razón, «la costumbre no nos deja ver que nuestra tierra es un paraíso».

El sol, el mar, el buen clima. Lo damos todo por sentado. Y también afirma «tenemos un tesoro. Solo debéis escarbar un poco en la tierra para entenderlo y abrazarlo». El tesoro también está dentro de nosotros. En cómo vivimos, en la estima que nos tenemos, en cómo la proyectamos. Y si nos esforzamos, si indagamos aunque sea un poco, lo encontraremos. Nos encontraremos. Seguro.

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