La imposible unanimidad

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Succionaba reconcentrado el mejunje turbio agazapado en la cabeza de una fresca gamba roja cuando las voces de los comensales de la mesa de al lado interrumpieron esa burbuja espacio-temporal. De reojo observé a esa cuadrilla algo trompetera. Vi a cuatro amigachos trajeados del sector ejecutivo de gama media acaso festejando la entrada de las vacaciones.

Sus gintonics yacían casi vacíos. Intuí, pues, que se aproximaban hacia el trance de la bondad universal. Seguramente, mientras zampaban, habían pelado al prójimo con el mismo frenesí con el cual yo pelaba las gambas, pero en ese punto de los copazos añadidos a la acumulación del alegre vino, tocaba derramar dulce palabrería al menos sobre alguien. No me equivoqué. Uno de ellos, cráneo piriforme, repeinado hacia atrás para disimular la tonsura frailuna de su coronilla y con esas notables entradas presagiando una inevitable alopecia, contempló los hielos casi fundidos de su vaso, tamborileó la superficie de la mesa con sus dedos buscando inspiración y sentenció: «Ah, sí. Fulano es cojonudo... Fijaros que nadie habla mal de él... Nunca he escuchado a nadie decir algo malo de él...». Luego, satisfecho ante sus frases, quizá sediento por el desgaste verbal, se pimpló los restos de su copa de un trago. Sentí un ligero escalofrío. Menos mal que decapité otra gamba rapidito para evitar un malestar súbito. Y es que desconfío siempre de alguien que logra la unanimidad universal. ¿Nadie ha soltado nunca una perrería bellaca respecto a ese tal Fulano? ¿En serio? Pues qué triste. Todos proyectamos, sospecho, luces y sombras, y si por un casual una persona tan sólo arracima luces refulgentes la compadezco. La vida, sin algo de corrosiva tralla es un muermo. Por cierto, y ahora viene lo bueno, a ese tal Fulano le conozco: es un hipócrita redomado. Créanme.

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