LA IMPORTANCIA DEL TAMAÑO

MIQUEL NADAL

En estos días que el Valencia C.F. se asoma y ya ha acampado en las alturas de la tabla, me sorprende que uno de los temas estrella de las conversaciones de las aplicaciones en redes social se centre en el afecto que se nos demuestra en otras latitudes, medido en unidades de presencia en la apertura de los telediarios. La ingenuidad es absoluta. Este negocio del fútbol no va de la acumulación de los afectos ajenos. Hay quien necesita, constantemente, para afirmarse del reconocimiento importado, del blasón que proporcionan los demás. Es como si la confirmación de que hemos vuelto exigiera una imagen externa, la ISO estandarizada sellando lo fenomenales que somos, pues de otra manera no es posible sustentar una vida completa, plena y satisfactoria. La percepción que traduce esa auditoría de los medios de comunicación es de un sucursalismo que espanta, y deja entrever la necesidad que siempre tienen algunos de que se nos conceda el título honorífico de los terceros en discordia. Ese salvoconducto para transitar por el mundo del fútbol. Para llegar donde ha llegado el Valencia y albergar esperanzas de futuro no hace falta ni la limosna de los titulares destacados ni que nos confeccionen resúmenes de minuto y medio. Estamos ahí a pesar de nosotros mismos, y nuestro empeño en hacer mal o regular las cosas. Es por los Pepes Vaellos, por los Jorges Iranzos y todos aquellos que susurraron la memoria sin mirar el saldo de la cuenta ni reclamar nada cambio. A mí me cansa por igual el engreimiento de las victorias por imperativo legal, el victimismo patriotero o la reivindicación de la pequeñez. Existe ciertamente la mala fama de los delirios de grandeza, terribles, pero nada se dice del delirio de la pequeñez. Lo pequeño o lo grande es siempre una perspectiva, y no siempre lo pequeño es hermoso, que hay veces que es sórdido, de una fealdad que enturbia los atardeceres. Por eso me temo que cada vez que te sacan en las televisiones más allá del pantano de Contreras es para reeditar algún tópico, o para fijar la etiqueta tramposa del relato que asignan a tu club, esa fantasía que siempre sirve para intentar dar gato por liebre. Esto es solo fútbol, y consiste en la necesidad, limpia, de ir a Mestalla con la sensación de que puede que pasen cosas. Pasen o no pasen. Un caso de adulterio puede ser un breve de la página de sucesos o Madame Bovary. Por eso queriendo escribir una novela sale un cuento, aspirando al cuento surge una buena columna, e intentando la columna aparece una frase de sobre de azúcar. Es cuestión de intentarlo, sin mediciones, porque de los intentos surgen los títulos y la modesta felicidad. Hemos sido grandes hasta cuando fuimos pequeños. No es cuestión de tamaños, que eso ya queda muy patriarcal y de obsesión por lo fálico. Lo que importa es la satisfacción.

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