La imperdonable desmesura

La imperdonable desmesura
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El 12 de octubre de 1492, los españoles descubrían un Nuevo Mundo, a los europeos y también a los nativos americanos, que desconocían todo lo existente detrás del muy limitado horizonte de las colinas más inmediatas. Sin duda, es una de las fechas más grandes de la Historia de la Humanidad, con sus luces y sus sombras. Por si liberar a pueblos americanos y asiáticos de sus sangrientas teocracias, erradicar los sacrificios humanos generalizados, el canibalismo, el incesto, enseñarles a considerar a la mujer como una compañera y no una especie de animal subordinado al hombre... e insertarlos en la civilización occidental no fuese bastante timbre de gloria y de orgullo, hay que añadir otros dos factores que ningún otro pueblo del mundo puede presentar hasta hoy en día: leyes sabias y protectoras, y misioneros valientes que denunciaban cualquier atropello.

En las facultades de Historia se enseñan muchas estupideces 'progres'. Enseñan que comer modesta y cotidianamente, a horas regulares, en una misión española, en vez de hacerlo esporádicamente en el desierto, echándose al coleto alguna rata o culebra, o darse una panzada de carroña cuya digestión te dejaba inconsciente tres días, suponía privar al indio de su dieta tradicional. Enseñan que prohibir la poligamia descontrolada y reducir al indio a la monogamia era una treta española para disminuir su población y contribuir al cacareado «genocidio» de la población autóctona. Enseñan que prohibir los sacrificios humanos, rituales o masivos, a los dioses, era atentar contra la religión y creencias ancestrales de los indígenas. Enseñan que el incesto se puede considerar una práctica sexual definitoria de una cultura. Incluso hay quienes acusan de paternalismo a la monarquía hispánica por proteger a los indios, pero justifican o alaban al gobierno canadiense -por ejemplo- por colmar a los mismos de prebendas y privilegios en nombre de una supuesta responsabilidad histórica. Etc., etc.

Sin embargo, la grandeza de la gesta española la han testimoniado una inmensa mayoría de autores a lo largo de los siglos. Puestos a escoger uno que sirva de ejemplo, podemos traer a colación a Juan Bautista Muñoz, doctísimo escritor valenciano de fines del siglo XVIII que, aunque nunca estuvo en América y, evidentemente, no pudo conocer a ningún protagonista de los hechos del descubrimiento y conquista del continente, conocía perfectamente todas las fuentes sobre esos asuntos. Quizá sea el mejor especialista de los documentos indianos, y la prueba es que fue nombrado primer director del grandioso Archivo de Indias de Sevilla. Su ciencia y ecuanimidad están fuera de toda duda. Pues bien, sobre los indios y el Descubrimiento, afirma: «...cada familia, tribu o nación pequeña estaba confinada en su territorio, sepultada en su ignorancia, y en una indolencia y pereza asombrosa». De esa generalización salva un poco a los indios de México, Perú, Colombia y algunas tribus del Brasil, a pesar de que «ningunos parecen haber adquirido jamás un número competente de ideas abstractas y universales...». Evidentemente, se le puede acusar de eurocéntrico. Él mismo afirma sin tapujos que Europa es «la depositaria del saber, la madre de la cultura y la maestra universal». Pero después de analizar los logros culturales más sobresalientes de los indios -las pinturas jeroglíficas de los mexicanos, los quipus del Perú, etc.- concluye que «todo ello manifiesta el miserable progreso que ha hecho la razón por tan dilatada serie de siglos en aquel hemisferio, privado de la luz inextinguible que con más o menos esplendor jamás cesó de alumbrar en el opuesto».

Quizá sea una visión eurocéntrica, pero, puestos a hablar de eurocentrismo, ricemos el rizo, y devolvamos a quienes lo critiquen sus mismos argumentos. Por poner un ejemplo, podemos traer a colación el famoso «saqueo» de los metales preciosos indianos. Lo que a los europeos parecían abalorios sin importancia -cascabeles, espejos, gorras...- eran más apreciados por los indios que el oro y la plata. Y viceversa. ¿Puede alguien hoy en día imaginar lo que supone ver reflejado su propio rostro en un milagroso pedazo de espejo, la magia del momento de descubrir con nitidez los propios rasgos? No hay que ser eurocéntrico a la hora de enjuiciar este intercambio, libre en buena medida.

Del mismo modo que las legiones romanas impusieron su gran civilización a un conjunto de pueblos bárbaros. Del mismo modo que, se dice metafóricamente, cada soldado napoleónico llevaba un Código Civil en su mochila para iluminar el piélago absolutista europeo. Los españoles alumbraron e incorporaron a la civilización occidental los pueblos de un inmenso Nuevo Mundo. Algunos iluminados hablan de imperialismo, eurocentrismo, colonialismo, latrocinio...El parto, sin duda, fue difícil, pero el fruto es todavía evidente, a pesar de los doscientos años de independencia de esos países, muchos de los cuales, ayudados por quintacolumnistas y envidiosos europeos -hoy como ayer- todavía no han podido borrar la profunda y brillante huella de España.

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