Impecable

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

En general, las folclóricas o las actrices del sector vedette, cuando les preguntaban durante los albores de la Transición por su pasado más inmediato, renunciaban mediante comprensible amnesia a este mientras respondían la mítica respuesta de: «Yo es que de política no entiendo». Luego, las respuestas, acordes a las modas del país, fueron evolucionando hacia el «yo sólo me desnudo si el guión lo exige». Salvo estas dos contribuciones, los faranduleros de cualquier ámbito rara vez expresaban contundentes sus opiniones.

Esta corriente se acaba de quebrar con Rafa Nadal. El tenista, en efecto, ha hablado claro al referirse a Cataluña y España. Su opinión segrega sensatez y, en una tierra donde en demasiadas ocasiones brilla el garrotazo histérico, el tono empleado se nos antoja impecable. Se agradece que una celebridad de su calibre renuncie a las paparruchas morigeradas para subrayar lo que muchos piensan. Ahora bien, ¿y por qué nuestros primeros espadas del deporte o las artes permanenen muditos, amortajados por el silencio espeso? Pues porque temen el cruel vapuleo de las redes, porque no quieren perder clientela, porque, en definitiva, no quieren líos. O sea, por cobardía. Cuando se grita lo de «¡no a la guerra!» no se asume ningún riesgo y se juega a caballo ganador. Así de entrada, por supuesto, todos estamos contra la guerra. Pero posicionarse ante el uno de octubre exige mojarse, y cuando te mojas la lluvia ácida del bando contrario te acuchilla. También es verdad que no podemos exigir comportamientos más o menos valerosos. Cada cual decide cómo gestionar su miedo y allá la conciencia de cada cual. Por eso, las declaraciones del que acaso sea el primer y más laureado deportista español merecen nuestro reconocimiento. Aunque no creo que cunda el ejemplo. El miedito cercena las lenguas.

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