Ignorantes

LORENZO SILVA

Parafraseando un viejo chiste, si al conjunto de los españoles se nos vendiera por lo que creemos saber, habiéndonos comprado por lo que realmente conocemos con fundamento, sería uno de los más lucrativos negocios que imaginarse puedan. Lo expresó de otro modo uno de los hombres más ilustrados de cuantos alcanzaron la más alta magistratura del país (entre los que el talento y la ciencia no se prodigaron tampoco mucho): Manuel Azaña, presidente de la República, cuando dijo que si cada español hablara de lo que sabía y sólo de lo que sabía, se haría un gran silencio nacional que podríamos aprovechar para estudiar. Ha llovido desde entonces, pero seguimos abriendo la boca para pontificar sobre lo que ignoramos.

El último aquelarre de despropósitos se ha desatado a raíz de la operación policial que ha permitido imputar (y hacer confesar) al presunto autor de la desaparición y muerte de Diana Quer. Lo que se mire por donde se mire ha sido un servicio brillante de un grupo de trabajadores públicos abnegados y comprometidos con su labor, que se pasaron el último fin de semana del año sin dormir mientras muchos de quienes los juzgan se daban a la juerga, se intenta volver del revés para presentarlo como un fracaso y una chapuza por la que poco menos que tendrían que pedir disculpas. La clave del reproche se halla en el hecho de que el sospechoso, siéndolo, estuviera aún en libertad y lo bastante suelto como para intentar el día de Navidad en Boiro una nueva agresión, frustrada por un par de ciudadanos que lo pusieron en fuga y cuyo puntual (y meritorio) acto cívico vendría a pesar más que miles de horas de solvente trabajo policial.

Para decir algo así hay que ignorar tantas cosas que no bastarían todas las páginas del periódico para enumerarlas. Empezando por las garantías jurídicas que rigen entre nosotros, y que protegen a la ciudadanía de la invasión gratuita de su intimidad por parte de los funcionarios policiales. Excesivas o no, en todo caso ellos no pueden cambiarlas, sino respetarlas para impedir que su trabajo acabe en una nulidad. También es preciso desconocer el perfil del sospechoso, un tipo que seguramente no podría sacarse un doctorado, pero conocía palmo a palmo el terreno en que se movía y tenía el instinto de un avezado delincuente para evitar la acción de la justicia. O desconocer que la Guardia Civil dispone de agentes capaces de vigilar durante meses a un criminal (lo hizo con éxito con los miembros de una organización tan profesionalizada como ETA), pero no los tiene en número ilimitado: los mismos que controlaron al Chicle cuando quedó certificada su peligrosidad son los que siguen a integrantes de tramas corruptas, bandas de narcos o mafias internacionales.

Igual da. Nada priva al ignorante del goce de la calumnia.

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