Idioma e insidia

CÉSAR GAVELA

La entraña del nacionalismo es el idioma. Ahora bien, las lenguas nada tienen que ver con las turbias manipulaciones que de ellas hacen los dirigentes políticos. Los idiomas son amables, son grandes construcciones de los siglos y las personas, la estética y la memoria. Los idiomas no son culpables de nada; en todo caso son monumentos vivos de la verdad y de la comunicación. De los sentimientos.

El idioma autóctono común que, con sus variantes, hablan valencianos, catalanes y baleares, ha sido el gran arma del independentismo catalán. Y lo ha sido desde el lejano 1980, cuando Jordi Pujol empezó a tejer su estrategia excluyente. Compatible con sus grandes enriquecimientos monetarios. Los gobiernos de la Generalitat siempre han buscado no la cooficialidad constitucional del idioma catalán y del castellano -que no es menos catalán- sino el hábil y paulatino arrinconamiento del castellano. Erradicado con dureza y sanciones del espacio público. Donde casi no existe testimonio de un idioma que hablan habitualmente cerca del 60% de los catalanes.

Ese plan rumbo al desguace del estado ha funcionado maravillosamente durante cuatro décadas. Pero sus líderes más lerdos y recientes cometieron el brutal error de lanzar la locomotora del odio a toda velocidad, y sin frenos. Fue entonces cuando apareció, lento, prudente hasta el exasperación, pero muy fuerte, el Estado. Con el apoyo de la Unión Europea.

Hace décadas que la programada ruptura civil está en marcha. Y el idioma, aviesamente manipulado, ha sido y es el gran ariete de los rufianes políticos. De ahí la injusta inmersión lingüística, y la práctica desaparición del Estado de la realidad cotidiana de Cataluña, contando siempre con la vergonzosa y complicidad de los gobiernos de la nación, que siempre han preferido mirar para otro lado.

Pero no solo en Cataluña se juega esta partida para disgregar una nación que tiene más de quinientos años de vigencia y que, después de Italia, ofrece la mayor riqueza cultural y arquitectónica de todo Occidente. En las Baleares, el PSOE da cobertura a los oscuros planes de la secesión catalana en versión insular. Y en la Comunidad Valenciana ahí están los empeños de nuestros políticos nacionalistas, que en cuanto alcanzaron el poer, reclamaron la gestión de la consellería de educación. Unidos todos, los radicales baleares, los secesionistas catalanes y sus seguidores valencianos en un único propósito, no siempre confesado: salir de España y construir esos Países Catalanes a los que no renunciarán nunca. De momento, han logrado romper la cívica y cordial relación de dos idiomas fraternos, ibéricos y complementarios, convertidos en armas de la provocación y la antipatía. Menos mal que los ciudadanos no son como sus dirigentes. Y que ponen cordura y amabilidad donde los chiflados políticos ponen trabas y barreras. Menos mal.

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