Ideología de género y poder

Si alguien imagina que la guerra fría terminó, está equivocado, pues ahora se mantiene con todo vigor en una guerra silenciosa al más alto nivel. En las altas esferas de la ONU se libra la batalla que afecta a cientos de millones en el mundo, con declaraciones si no beligerantes sí determinantes. Cifras de dinero astronómicas, intereses sobre los Estados, sí o no en un papel que determinará el destino de partidas del fondo monetario; para muchos países, la diferencia entre el hambre y la supervivencia. La lucha por las ideas tiene allí su terreno de batalla, y no son luchas políticas, sino ideológicas, larvadas, igual de crueles. Es allí donde hemos de mirar cuando hablamos de ideología de género: donde se hace verdad el poder de las palabras, las palabras del poder.

La autodenominada ideología de género se remonta a la IV Conferencia Mundial (ONU) sobre la mujer (Pekín 1995). Fue el resultado de un impulso ideológico del también autodenominado feminismo de género que instó la sustitución del término sexo por el de género. Como ideología, podría ser interesante, pero no tener repercusión pues nace con un déficit: «ser precisamente una ideología»; término que, en su sentido clásico, implica distorsión de la realidad o minusvaloración de la misma, y que la mente, no en balde, suele traducir como «perspectiva subjetiva». Sin embargo, ha cobrado protagonismo por la multiplicación de leyes LGTBI, aterrizando en nuestras vidas en aterrizaje forzoso, arrollando toda la sociedad, mediante una acto de poder que afecta a la educación, la cultura, los medios de comunicación y hasta los presupuestos, más allá de los colectivos que las impulsaron. Una legislación precipitada que se desarrolla por todo lo ancho y políticamente diverso del panorama de las autonomías españolas. Y otra Ley estatal en ciernes, cuyo trámite ha sido aprobado en septiembre con la práctica unanimidad de todo el Congreso; una inusitada e inexplicable urgencia legislativa que además parte con un auténtico hándicap desde el momento en que pretende que esa particular visión del género y de la sexualidad sea la de todos.

Los términos sexo y género no son contrapuestos, son dos ámbitos que conforman y convergen en la misma realidad humana; el primero, sexo, se identifica con la naturaleza; el segundo, género, es cultural. Sin embargo, la ideología de género presenta sexo y género en confrontación en una nueva antropología, en la que ser hombre o mujer forma parte de «roles socialmente construidos», de una elección voluntarista; se niega la diferencia sexual, pero además se proscribe el término sexo. La presión de los lobbies ganó la batalla de las palabras en la IV Conferencia de Pekín, y se sustituyó en el texto de la Plataforma el término sexo por género. Si se prescinde de la realidad sexual, el camino queda expedito a cualquier formación a la carta. Rebecca Cook declaró: «los sexos ya no son dos sino cinco», luego las posibilidades de mutación son variadas; y Shulamith Firestone, en tono casi kafkiano dijo: «Lo natural no es necesariamente un valor humano». El cambio de palabra resultaba clave, cumpliéndose uno de los postulados de la teoría de lo políticamente correcto con la que guarda intereses comunes: cambiar el modo de pensar cambiando el lenguaje; una manipulación perversa cuyos réditos ya fueron ensalzados por Stalin y Göbbels, probando con sus hechos lo que denuncia Alex Grijelmo: «la intención de seducir con palabras ha alcanzado en política su más terrible técnica».

El más importante motor de esta perspectiva de género es la Escuela de Frankfurt -instalada en Nueva York desde 1933- en su aplicación del comunismo cultural ideado por Lukacs y Gramsci, ideólogos marxistas que tras el fracaso de su previsión de sublevación de las masas y el derrocamiento del capitalismo al terminar la beligerancia de la primera guerra mundial, entendieron que tal fracaso tenía su raíz en la Europa cristiana, que sostenía el andamiaje, social, educacional, etc. El comunismo se marca otro objetivo: debía trasladar la lucha económica a la lucha cultural, especialmente contra los valores cristianos. Había que demoler el sistema cultural Occidental. A rematarlo vino Theodor Adorno, con la 'teoría crítica' diciendo: todo defensor de los valores tradicionales es un «fascista» al que hay que «reconducir». No se trata de razonar, sino de juzgar, y como dice Sartre, «hay que conseguir que todo europeo se sienta culpable». Este terreno ha sido casi ganado. Si nos llaman retrógrados, fascistas, ultras, homófobos, nos quedamos paralizados, y nos preguntaremos si hay algo de verdad.

Desde la caída del muro de Berlín, la ideología marxista se quedó sin contenidos, busca referentes en qué apoyarse: ahora, la ideología de género es su cuartel de invierno. Dado que esta ideología entiende que la diferencia entre hombre y mujer es cultural y proviene de la explotación de la mujer, la maternidad es tenida como imposición derivada de ese rol cultural, luego la liberación de la mujer pasa por la liberación de esta servidumbre, lo que implica ruptura con lo que califica familia tradicional (expresión que han conseguido colocar en nuestro vocabulario); el aborto se presenta así como una estrategia de liberación, de ahí que el objetivo actual de la ideología de género es obtener de los organismos internacionales el reconocimiento del aborto como Derecho Humano; la presión y medios económicos que se emplean en este fin alcanza cifras de escándalo.

La defensa de la dignidad de todo ser humano por el hecho de serlo, sea cual sea su sexo o género, abunda en la humanización de la sociedad, pero la imposición de la defensa de este derecho no puede sobrepasar la línea de negación de derechos de los demás, porque entonces desaparece el principio fundamental de igualdad ante la ley: imposición, falta de claridad, carácter punitivo, privilegios desmesurados LGTBI, censura, etcétera. Los déficits se agolpan en la crítica jurídica sobre estas leyes; un análisis que merece su propio espacio.

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