Humor diplomático

CUARTO MENGUANTE

El cesado cónsul de España en Washington aún se escuda en la libertad de expresión

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

Imaginemos que, por lo que sea, a usted le cae muy mal su jefe o jefa, o cualquiera que esté por encima en el escalafón laboral. Se supone que usted sabe, como todo el mundo, que hay que ser educados y corteses, o que al menos hay que guardar las formas; que el respeto es obligado con todo el mundo, desconocidos incluidos, pero mucho más con los conocidos. Y, desde luego, en el trabajo, usted ha de poner lo del respeto algo más alto y hacer lo que es obligado en su tarea; atender a lo que le manden, siempre que lo que le manden esté en orden con lo que es su quehacer, está en sus manos hacerlo y además no se infringen normativas. A usted le puede rechinar lo que diga su jefe, puestos en el caso, pero tiene pocos caminos: lo hace y calla, si lo ve inapropiado para el interés de la empresa puede proponer otra forma de hacer pero no se va a poner a discutir demasiado rato, y si no le conviene por lo que sea cambia de aires, que está en su derecho.

También le indica el sentido común que, porque le caiga mal su jefe, porque lo ve así o asá, o no le gusta su acento, ni sus chistes, y tampoco está dispuesto a reírle las gracias, no va a ponerse a pregonarlo por las llamadas redes sociales: las armas las carga el diablo, y éstas salen cargadas de fábrica. Si no siente veneración por los de arriba, si no nota una pulsión apasionada, que tampoco es obligado, como mínimo se desenvolverá con discreción y profesionalidad para cumplir su cometido. Quizás no le vayan a elegir después para un equipo de selectos seguidores -o quizá sí, según quién y para qué discretos papeles-, pero al menos no habrá queja fundada de usted.

¿A que es sencillo? Pues se ve que no siempre lo es, y a veces se mete la pata. Como le ha ocurrido, por ejemplo, al hasta ahora cónsul de España en Washington, Enrique Sardá, de quien dicen muchos españoles residentes en la capital estadounidense que es un gran diplomático, atento y servicial, pero a quien no se le ocurrió otra cosa que ridiculizar a través de Facebook a la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, burlándose de su acento andaluz y de llevar en un acto un vestido similar al de la reina Letizia. La consecuencia ya la saben: el ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, cesó de inmediato al cónsul, lo que no quiere decir que el señor Sardá tenga que buscar trabajo, simplemente le asignarán otro destino en la red de embajadas y consulados.

Si bien Sardá se acabó disculpando, se escudó en que el desenlace inesperado se había debido a que, según él, falla el sentido del humor y la libertad de expresión, porque era una broma entre un grupo de amigos. Lo dicho, las armas las carga el diablo. ¿Libertad de expresión en el trabajo, respecto a tus jefes?, ¿bromas diplomáticas? La presidenta de una autonomía representa al Estado y un cónsul defiende al Estado en todas sus extensiones. Las excusas hacen temer lo que puede sufrir un españolito de a pie si no se arma de sentido de humor diplomático y también ilustra sobre el nivel de tontadas replicadas entre aburridos.

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