HUMO

RAMÓN PALOMAR

La trituradora de papel pasó a mejor vida cuando los chanchulleros descubrieron que la paciencia de los policías recomponía esos papeles turbulentos convertidos en hebras de celulosa. A base de achicharrarse las pestañas los investigadores, recuperadas esas tiras de papel de la basura, recreaban el documento que demostraba la corrupción. Los adictos al latrocinio, pues, evolucionaron hacia la incineradora. La cremación sólo deja cenizas. Llamativa fue la recomendación de un pepero madrileño, ex alto cargo, cuando le aconsejaba a uno de sus mamporreros que aprovechase un día de niebla para socarrar los folios de la infamia porque así el humo se disimulaba y evitarían sospechas. Tanta precaución requiere, desde luego, una mente despierta enfocada en exclusiva hacia la triquiñuela. La policial nacional sorprendió a la policía autonómica catalana quemando fajos sin recato y de entre lo que se ha podido rescatar se intuye lo que ya se olía; esto es, el súbito acelerón independentista obedecía a una cortina de humo destinada a ocultar las mordidas de el clan Pujol y otros desaguisados. Manipular, marear y orientar a la buena gente mediante argumentos preñados de sentimentalismos patrióticos para sepultar las miserias de cochambre y oro que trufaban los bolsillos de los elegidos supone utilizar un truco viejo como la tos, pero eficaz como una cataplasma. Se agita el cotarro, se despliegan las banderas, se ventilan afrentas inventadas, se recurre al victimismo y así se moldea la opinión de una masa. Y lo importante, es decir la depredación sistemática, yace en el olvido porque preferimos el barullo emocional y las exhibiciones de lágrima fácil a la dolorosa verdad que desnuda a los sinvergüenzas. La quema de tantos papeles, con o sin niebla, nubla por desgracia el entendimiento de muchas personas.

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