Nada de cuanto es humano me es ajeno

PABLO CABELLOS LLORENTE

La frase que da título a estas líneas procede de un proverbio latino consignado por Publio Terencio Africano. Literalmente dice: «Homo sum, humani nihil a me alienum puto» («Hombre soy, nada humano me es ajeno»). Lo escribe en su comedia 'Heautontimorumenos' ('El enemigo de sí mismo') en el año 165 AC. El diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece varios significados relativos al vocablo 'humanidad', todos ellos muy aprovechables -por eso los copio- para mostrar el sentido de lo humano: «naturaleza humana; género humano; conjunto de personas; fragilidad o flaqueza propia del ser humano, sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas; benignidad, mansedumbre, afabilidad; cuerpo de una persona; conjunto de disciplinas que giran en torno al ser humano, como la literatura, la filosofía o la historia; antiguamente, lengua y literatura clásicas».

Se entiende bien que Publio Terencio Africano afirmara que nada de cuanto es humano le fuera ajeno. También si consideramos la naturaleza humana como el conjunto de todos los hombres o de las cualidades y caracteres propios del hombre. ¿Quién no se siente atraído para admirar y atender, por ejemplo, a la fragilidad o flaquezas de los demás? ¿No demuestra nuestra sociedad la compasión acerca de las desgracias humanas? ¿Acaso no deseamos vivir y ayudar a vivir la benignidad, mansedumbre o afabilidad con los que nos rodean y aun con los lejanos? ¿No seremos capaces de respetar la dignidad del cuerpo en la salud y en la enfermedad y, también, no considerándolo como un objeto de usar y tirar? ¿Tenemos en mucho las disciplinas citadas, que facilitan una mejor comprensión del ser humano?

Ha escrito Monseñor Ocáriz en una carta fechada el 14 de febrero pasado un conjunto de muy interesantes ideas, entre las que ahora destacaría dos breves series, breves pero con un copioso contenido. Además de la corporeidad, inseparable de la condición humana, por una parte afirma la necesidad de coherencia entre lo que se piensa, se reza y se vive. Si no es así, puede generarse una especie de esquizofrenia, de falta de unidad entre los distintos aspectos de la vida que pueden originar hipocresía, falsedad u otros despropósitos, incluso pensando que somos buena gente. Se puede cavilar mucho y no tener una cabeza bien amueblada, con un modo de pensar trabado, sino parecido a una coctelera cuando no se tiene una mente ordenada y capaz de establecer relaciones. Se puede rezar de un modo desligado de la conducta. Y se puede vivir de modo no coincidente con lo anterior.

La otra serie afirma que en la formación de las personas, para que sea íntegra, se ha de prestar solicitud a la cabeza, voluntad, corazón y relaciones con los demás. Todo ello suministra una humanidad que no puede sernos ajena porque aúna los aspectos capitales del hombre. No se está diciendo que los humanos no tengamos defectos, es más, por experiencia conocemos los propios y ajenos y una parte importante de nuestra existencia consiste en comprender, perdonar y disculpar los defectos ajenos, a la vez que aprender a solicitar el perdón de Dios y de los hombres. Quizá nunca somos más grandes que cuando imploramos ese perdón. La misericordia tiene un papel capital en nuestra existencia: es perdonar de forma que hagamos incluso propia la miseria ajena. Tal vez por esto escribió San Josemaría que la misericordia es la manifestación más hermosa del amor de Dios. Y el Papa Francisco ha repetido ideas parecidas en multitud de ocasiones.

Pero actualmente camina una teoría que viene fraguándose desde hace unos cuantos años, llamada transhumanismo, negadora de todo cuanto es humano. Un joven filósofo -Rafael Monterde- ha escrito: La cultura ilustrada moderna puede denominarse, en consecuencia, como transnatural. Ahora le toca el turno al ser humano. Todo apego a la naturaleza, todo vínculo biológico, puede ser visto como una amenaza para el concepto de vida que se comprende dentro del marco conceptual del transhumanismo. La biología condiciona, determina el tiempo vital del ser humano. Precisamente porque lo humano es, en parte, biológico. Pero ello nos arrebata la pretensión de vida ilimitada temporalmente, porque estamos ligados al ciclo de la vida que comprende la circularidad de los movimientos naturales. Así, se busca un tiempo lineal, indeterminado, infinito, homogéneo, en el que la vida sea transformada y no dependa del ciclo natural.

Por razones de espacio, tomo del mismo filósofo: Según lo que se acaba de decir, el cuerpo es visto como algo indigno para vivir, pues en sí mismo lleva escrita la palabra muerte. Se ve, entonces, que la vida, el ser, la entidad, no depende del cuerpo y debe ser desligada del mismo para poder seguir existiendo al margen de él. Hay un dualismo manifiesto que entiende la corporeidad como condena de la naturaleza. Una alienación, una fuente de males. Por tanto la redención de la libertad -valor esencial- se basa en la eliminación de lo humano, pues no permite una libertad auténtica. El transhumanismo requiere que se elimine todo lo humano. Así, no es que nada de cuanto es humano me es ajeno, sino que precisamente lo humano es aquello que me es ajeno.

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