Un humanismo para la sociedad 4.0

Un humanismo para la sociedad 4.0
Johannes Plenio

PEDRO PARICIO AUCEJO

La debilidad natural de nuestra condición predispone a que el mundo se convierta en un elemento hostil y el hombre en un animal esencialmente menesteroso. A lo largo del tiempo, esta precariedad le ha llevado a transformar su entorno en busca de otro más favorable para la satisfacción de sus necesidades. La innovación tecnológica ha sido el recurso por excelencia en este proceso de liberación material. Mediante ella, el ser humano fue adaptando el hábitat a los proyectos que configuraron su existencia en cada instante. Sin embargo, tal trayectoria ha devenido, en la época moderna, en lo que Ortega y Gasset (1883-1955) denominó la «sustantivación» de la técnica y la conversión del hombre en «animal technicum», siendo la revolución industrial un buen ejemplo de ello.

Iniciada hace ciento cincuenta años, ha supuesto uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad, pues -además del extraordinario desarrollo de la industria- se han seguido de ella decisivas transformaciones en todos los ámbitos de la sociedad: desde la economía, la ciencia y la cultura, hasta los medios de comunicación y el transporte, las relaciones entre los diferentes grupos sociales, la política y las condiciones generales de la vida humana.

Mientras que -en la segunda mitad del siglo XVIII- el aprovechamiento de la energía del vapor marcó el origen de la primera revolución industrial, el uso del gas y del petróleo como combustibles y el del motor eléctrico como nueva fuerza motriz constituyeron la base -a principios del XX- de la segunda revolución industrial. A finales de esa misma centuria, la conjunción de las tecnologías de la información y de la comunicación, así como las energías renovables, desencadenaron la tercera. Sin embargo, cuando el mundo desarrollado todavía está inmerso en ella, tuvo lugar en Hannover la presentación de la denominada «Industria 4.0», con la que, en 2013, se levantaba el telón de la cuarta.

Esta última revolución industrial resulta de la convergencia de varios sistemas tecnológicos ('big data', robótica, comunicaciones inalámbricas, conectividad de máquinas con máquinas, inteligencia artificial, ingeniería genética...), de manera que, si bien los técnicos -informáticos, ingenieros, diseñadores...- y los administradores de empresas serán los primeros en verse involucrados en ella, a largo plazo afectará a la sociedad en su conjunto. Es evidente que esta nueva revolución puede aportar múltiples beneficios en el ámbito de la información, la cultura, el comercio, las comunicaciones, la administración o la generación de capital, pero también plantea nuevos retos para el empleo, la formación, la convivencia familiar y social e incluso la esfera profunda de los valores personales.

No se trata de una simple mutación tecnológica, sino de -según el profesor Guilera Agüera- «un cambio de filosofía y de estructura económica», cuyas consecuencias futuras son difíciles de prever ahora, en que todavía no ha acabado de introducirse en su totalidad la industria 4.0. El escenario actual corresponde nada más que al inicio de la fase de transición hacia un mundo increíblemente acelerado e interconectado de manera absoluta (se calcula que, sólo hasta 2020, se vincularán a internet cincuenta billones de dispositivos).

No se sabe si ello supondrá un cambio de paradigma cultural. De momento, es innegable que, en pocos años, la querencia generalizada por la exuberancia tecnológica ha trastocado costumbres y formas de relación de los humanos a nivel mundial. En este sentido, utilizados convenientemente los productos de aquella industria -como recursos al servicio de la innovación, el progreso y el bienestar de todos- pueden ser nobles aliados de una humanidad siempre en camino. Su potencial es extraordinario para -favoreciendo la comprensión, el respeto, la dignidad y la solidaridad entre personas y comunidades de contextos geográficos y culturales diferentes- contribuir al progreso y la socialización humana. Sin embargo, se atisba un porvenir que está lejos de parecer humanamente mejor.

Si se tiene en cuenta que después de una revolución industrial surge siempre una visión diferente de cuanto existe, será necesario reeducar nuestra vieja representación del mundo hasta ajustarla a la nueva percepción. De entrada, este insólito proceso histórico -al fundamentarse en el vértigo de una incesante innovación tecnológica- exigirá una cualificada ciudadanía, curtida en el continuo aprendizaje profesional, intelectual, emocional, comunicativo y moral. Pero también precisará de una ciudadanía crítica, no esclavizada por la idolatrización de aquella tecnología, y dispuesta a dar un colectivo salto de calidad en la historia.

Estos requisitos alertan sobre la necesidad de un humanismo integral que, siendo consciente de que el valor último de la tecnología depende del fin perseguido con ella, se forje al socaire del aliento divino. El peligro de los artefactos 4.0 no está en ellos mismos -carentes en sí de conciencia de sus límites- sino en la orientación que se les otorgue: la de la búsqueda de la verdad, el bien y la belleza o, por el contrario, la del envilecimiento, el odio y la explotación. Siguiendo la apelación de E. F. Schumacher (1911-1977), habrá que seguir la tendencia marcada por la tradicional sabiduría de la humanidad, aquella en que se ha tenido presente la dimensión vertical de una historia escrita por los hombres en connivencia con Dios.

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