LA HUELLA ETERNA DE MIKI VUKOVIC

La gala de 'Gigantes' en L'Alqueria despertó muchos de mis recuerdos sobre el técnico conocido como el Maestro

FERNANDO MIÑANA

Hace poco vi un tuit que mostraba la foto de un kiosco de hace un par de décadas y en el mostrador aparecían cinco o seis revistas de baloncesto. Yo compraba varias de ellas a finales de los 80 y principios de los 90. Los contenidos me llevaban a unas u otras pero la que nunca perdonaba era 'Gigantes del basket'. A cambio de un par de monedas de cien pesetas cimenté mi pasión por este deporte que todavía se jugaba con pantalones muy muy cortos y calcetines muy muy largos. Eran los tiempos en los que las radios hacían también un carrusel para informar de los partidos de la Liga ACB y el baloncesto se veía en Televisión Española.

'Gigantes' trajo esta semana a Valencia a la rutilante Alqueria del basket, la gala de su trigésimo aniversario. La mítica revista, anclada en el rincón más sentimental de los aficionados más antiguos, fue generosa con el Valencia Basket en sus premios y hasta regaló el de 'Mejor entrenador' a Txus Vidorreta cuando nadie duda de que éste debería estar en casa de Pedro Martínez.

Amaya Valdemoro se llevó el de 'Jugadora leyenda'. Siempre tuvo labia, incluso antes de hacer de comentarista en televisión, pero delante del atril fue concisa. Y certera. Amaya miró a través de sus gafas a la moda a Miki Vukovic y, generosa, le brindó parte del galardón. «No tengo palabras para agradecer todo lo que hiciste por mí. Cuando vine con 15 años, cuando murió mi madre, aparte de ser entrenador fuiste una persona especial en mi vida. Me moldeaste como jugadora y como persona; estaré eternamente agradecida», le dedicó.

Luego, la ganadora de tres anillos de la WNBA, la jugadora que estuvo siete años en Valencia, recordó que Miki, que vivía cerca de su casa, la recogía todos los días y la llevaba a entrenar, trabajaba con ella la técnica individual, los fundamentos, y después le daba la charla de vuelta a casa. Un día bajó cinco minutos más tarde de lo acordado y encontró que Miki ya se había marchado. Amaya era una niña, solo tenía 15 años, pero ese día había partido y no estaba dispuesta a perdérselo. La alero paró un coche como pudo y convenció al conductor para que la llevara hasta Llíria. «Ahora soy la tía más puntual del mundo», soltó para cerrar su discurso.

Miki Vukovic coincidió en L'Alqueria del basket con Zeljko Obradovic, el mejor entrenador de Europa y un viejo amigo. Verlos juntos me propulsó de inmediato al pasado, a 1999, y a la ciudad de Zaragoza. Allí el Pamesa vivió una de sus derrotas más bellas. No tengo malos recuerdos de aquel partido, la final de la Copa Saporta, que me enseñó que perder no siempre es negativo. Ese día no se recuerda por caer ante un equipazo, el Benetton, moldeado por Obradovic, de Bonora, Pittis, Nicola, Rebraca, Marconatto, Williams, Tomás Jofresa... sino por la remontada que no cristalizó por una jugada desafortunada en la que Bernard Hopkins, querido y legendario Hopkins, perdió el balón.

Pero sobre todo aquel partido fue el de la constatación de que el equipo contaba con una sólida masa social detrás. Más de seis mil personas se desplazaron hasta Zaragoza para prácticamente llenar el pabellón Príncipe Felipe. Se creó un ambiente especial, muy bonito, de baloncesto y de valencianismo. No hubo -y si los hubo no los recuerdo- incidentes ni gestos feos por perder la final. Solo conservo en mi memoria las lágrimas de los jugadores y me veo sentado en el banquillo pasándole el brazo por la espalda a un desconsolado Nacho Rodilla.

La víspera, la noche anterior al partido, Miki Vukovic, al que en el periódico llamábamos El Maestro, el sobrenombre que le adjudicó Juanma Doménech y que, con el tiempo, adoptó todo el mundo, hizo una de las suyas. El entrenador se fue a cenar con el 'coach' rival. Vukovic y Obradovic compartieron mesa en un restaurante y al acabar brindaron y brindaron y volvieron a brindar. Se hizo larga la sobremesa y juraría que al día siguiente los dos se sentaron en el banquillo con algo de jaqueca.

Me flipan esas historias. Dos grandes entrenadores que, el día anterior a una final, son capaces de irse a cenar juntos. Antes amigos que contrincantes. Pero sin olvidar que lo son. Y seguro que hubo una apasionante lucha mental aceptada por ambos. Miki fue y es un grande. Ahora parece que está pachucho del corazón, pero le vi buena cara y eso me alegró. Es una figura clave en el baloncesto valenciano y todos deberíamos estar tan agradecidos a él como Amaya Valdemoro.

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