EL HORROR Y LA BELLEZA

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La Fundación Bancaja expone cincuenta y ocho dibujos de Francis Bacon, uno de los artistas más influyentes del siglo XX

RAFA MARÍ

Obra emocionante. El horror en el sentido de incomunicación, desolación, carácter conflictivo y alcoholismo. Belleza porque Francis Bacon (Irlanda, 1909- Madrid, 1992), uno de los artistas más influyentes del siglo XX, con una obra emocionante, honda y desgarrada, era una persona que se comportaba con sus seres queridos de un modo generoso y extrañamente dócil y manipulable. En él convivían el caos y el ansia de perfección. Los demonios interiores y la bondad. El recelo y la entrega. Bacon era un hombre atormentado y difícil y a la vez una persona que también supo disfrutar de la vida.

Escuelas de arte. Quienes le conocieron bien afirman que para Bacon era motivo de orgullo no haber asistido nunca a una escuela de arte. Quizá por eso, durante un tiempo se llegó a creer que no sabía dibujar. Una creencia equivocada. Ese tipo de declaraciones en las que se vislumbra un sesgo provocativo, conviene dejarlas prudentemente en cuarentena. Pueden ser verdad (o posverdad) y pueden ser mentira (o posmentira). A Bacon le gustaba desconcertar (y mentir) a los críticos.

Retratos y autorretratos. La Fundación Bancaja -entidad privada con un museo de admirable línea expositiva: en su gestión cultural hay mucho que aprender- reúne en su centro de la Plaza de Tetuán de Valencia cincuenta y ocho dibujos de Bacon a lápiz, cera y collage (retratos, autorretratos, crucifixiones, gente sentada, variaciones sobre el Papa Inocencio X de Velázquez...) Unos dibujos cuya autoría fue discutida durante un tiempo, hasta con procesos judiciales, pero que ahora se sitúan fuera de dudas tras fiables testimonios aportados por gente cercana al artista irlandés.

Cristiano Lovatelli. 'La cuestión del dibujo', comisariada por Fernando Castro, se nutre principalmente de piezas de la colección de Cristiano Lovatelli Ravarino, periodista italiano que fue amigo íntimo de Bacon. La exposición, que también se vió en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, podrá visitarse hasta el 15 de octubre. El catálogo es uno de los más amenos publicados en los últimos años. Se agradece su falta de pedantería, sus numerosas historias novelescas -a los amantes del arte nos puede atraer el morbo, somos modestamente humanos en el terreno del cotilleo- y su excelente documentación. El texto de Fernando Castro es un bien trabajado ensayo de cincuenta páginas.

Controlador. Edward Lucie-Smith, escritor y crítico de arte, nos cuenta en dicho catálogo que Bacon era «enormemente controlador con el comportamiento de la gente de su entorno en Londres», pero que le asfixiaba la fama y encontraba alivio escapándose a lugares donde fuese «poco o nada conocido», en los que podía ir de bar en bar a la caza de chicos guapos y, suprema libertad, divertirse a su antojo sin miedo a decir tonterías. Madrid fue una de las ciudades preferidas por Bacon en ese sentido. En ella murió hace veinticinco años de un infarto fulminante.

Confesión. El crítico italiano de arte Giorgio Ruggeri relata en el catàlogo una conmovedora confesión de Bacon: «Con frecuencia viajaba por Irlanda e Inglaterra con mi padre, que iba a vender caballos. Las relaciones con mi padre tuvieron un final dramático que aún hoy constituye uno d elos recuerdos más amargos. Tenía diecisiete años cuando el viril Anthony Edward Mortimer Bacon me sorprendió mientras me probaba, frente a un espejo, la ropa interior de mi madre».

Sinceridad tardía. Lovatelli, por su parte, se lamenta (una sinceridad honrada, tardía y esteril): «Querido Francis, de joven fui un insensato y un arrogante por haber pensado que no eras más que un pelele para mí, pero ahora la vida se acerca a su fin (y) me he convertido en un gancho ensangrentado que cuelga de tu memoria».

Cuerpos. En la obra de Francis Bacon abundan los cuerpos hinchados y envejecidos que expresan deseos de expiación de culpas oscuras. Esas imágenes dolorosas me trajeron el recuerdo de las pinturas de Bacon en los títulos de crédito de 'El último tango en París' (Bernardo Bertolucci, 1972). Con el poder estilizado del arte pictórico, Bacon tenía más fuerza que Bertolucci y Brando en una película con 129 minutos algo atorrantes sobre la soledad existencial.

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