¿LA HORA DE CIUDADANOS?

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

El año despunta con la sensación de que no va a ser precisamente generoso con los intereses del centroderecha valenciano y este es un año fundamental, justo el ejercicio previo a la convocatoria de las urnas. No parece que vaya a ser un año continuista, donde se acentúe el desgaste sufrido en 2017 por los diversos tripartitos goberantes; con el bajonazo y la inoperatividad de Podemos, el sectarismo gestor de Compromís y el ensimismamiento autodestructivo de los socialistas quitando y poniendo a Pedro Sánchez. 2017 fue el primer año de desgaste severo de los tripartitos y conviene aceptar que el Partido Popular y Ciudadanos apenas se han beneficiado mínimamente de un castigo que, a priori, puede frenarse en los próximos meses si no sucede nada inesperado. Los tripartitos han sufrido correctivos sin duda, pero no les ha venido de la oposición parlamentaria, sino del protagonismo de cierto sector de la sociedad y de cierta prensa: manifestaciones de padres de familia que han obligado al conseller Marzà a retirar la piedra angular de su política educativa, malestar de vecinos y profesionales que viven y/o trabajan en el anillo interior de la ciudad de Valencia a cuenta de la degradación del tráfico y los planes de Inmovilidad del dúo Grezzi/Ribó, contestación del mundo fallero a los dislates del concejal Fuset, movilizaciones de origen disperso contra los enredos identitarios del Bloc, sospechas acerca de la inconsciencia con la que la consellera Montón está reprogramando los conciertos de la sanidad pública y la evidencia de que la productividad de la administración y la atención a las necesidades empresariales quedan muy lejos del área de preocupaciones del bitripartito.

Difícil resulta suscribir que el afloramiento de tales lastres tenga a PP o Ciudadanos como actores principales. Tampoco es probable que los socios del Botánico continúen ahondando en sus errores con la misma intensidad; van aprendiendo a disimular, a contener a sus cuadros, a tomarse los cambios con más calma, porque el horizonte electoral les condiciona. 2018 apunta más bien a ser el escenario de una dura pugna por la primacía del centroderecha entre PP y Ciudadanos, dentro y fuera de Valencia. Malas noticias. La formación de Albert Rivera disfruta de su luna de miel desde su valioso triunfo en las elecciones catalanas, se ha disparado en las encuestas hasta salir por primera vez como el partido más votado. Por lo mismo, la gente de Rajoy vive sus días más amargos. Estamos por supuesto ante un efecto suflé; todo lo que sube, baja. Vale. Estamos en la misma foto que disfrutó Podemos en su momento, cuando parecía que se iba a salir del mapa y ahora ya ves. Vale. Sea. Pero lo principal no es si Ciudadanos acabará por rebasar o no al PP o cuánto de cerca quedará de él. Lo principal, y en esta sección lo venimos advirtiendo desde hace más de dos años, es que el centroderecha español ya no es monopolio del Partido Popular. A presente y a futuro ese espacio sociopolítico va a ser cosa de dos; con alta probabilidad de dos partidos bastante igualados en fuerza y dimensión. Y esto es un cambio que arrasa el escenario de los últimos 25 años.

¿Y cómo están en Valencia Ciudadanos y PP? Pues, la verdad, hechos unos zorros. Ninguno de los dos ha alcanzado potencia y resolución para bloquear la acción del bitripartito murallas afuera de Les Corts o ser un modelo alternativo con posibilidades reales de sustituirlo o siquiera neutralizarlo. El PP sigue penando su pasado, dividido en clanes territoriales/familiares aparentemente en calma pero sin entregarse sin reservas al liderazgo de Isabel Bonig. La pérdida del poder no le ha servido para pescar talento ajeno no contaminado, tiene parte de gente de indudable valor, conocimiento y entrega pero también mucho amodorrado en la obediencia funcionarial y ese chollo de no tener que preocuparse por buscarse el pan en la vida real, fuera del escaño. En la política, más que en ningún otro lugar, primero se piensa en uno y después, pero bastante después, en los principios ideológicos. Mañana mismo los fantasmas de la corrupción le vuelven a salir al PPCV del armario, con el arranque de otro juicio gurteliano en la Audiencia Nacional. La derrota de 2015 y la ristra judicial anterior han multifracturado las extensiones del partido seguramente sin solución, y cada cual ve las cosas conforme al grado y la disposición de las heridas recibidas: de cuándo lo apartaron, cómo de desamparado lo dejaron o cuáles son las expectativas personales si toma la delantera, cayera fulano o al sol le diera por amanecer del revés.

2018 apunta a ser el escenario de una dura pugna por la primacía del centroderecha entre PP y Cs, dentro y fuera de Valencia

Hoy el PP no es un cuerpo cerrado. Quizás no sea un todos contra todos, pero sí un yo frente a los demás. Y luego está la situación impresentable de la ciudad de Valencia, con casi todos los concejales imputados y desactivados; se salva alguno, pero buena parte de los restantes aparece por el trabajo a media mañana, como si fueran a echar la partida al casino; eso sí la nómina la cobran entera. Deberían haber dimitido ya, con razón o sin ella, ese habría sido un acto de madurez, altura de miras y responsabilidad; ¿quién dijo que la política o la vida fueran justas? En lugar de eso, Alfonso Novo tira de un grupito de incondicionales amortizados, Eusebio Monzó hace lo que puede el hombre, Luis Santamaría a salto de mata y más ocupado en cuánto de bien o de mal le va en el ajo y en «¿por qué no puedo ser yo el candidato?» e Isabel Bonig con sus propios planes para la ciudad. En el consistorio de la capital se juega el PP la mitad de sus resultados electorales y lo tiene como un cortijo abandonado, donde cada uno raja de los demás en los grupos de guasap o suelta anónimos para desacreditar candidaturas imaginarias o inverosímiles. Eso lejos de ser una organización profesional semeja más una chiquillería hormonal y adolescente a punto de terminar el instituto. González Pons sabe, por mucho que disimule, que no puede estar relajado en Bruselas, y Rajoy hará lo imposible por no desvelar las candidaturas hasta finales de año.

Y si el PP carece de legitimidad, Ciudadanos con el bueno de Fernando Giner no ha sido capaz hasta ahora de capitalizar los errores y excesos de Joan Ribó para construir una mayoría social alternativa. Hasta ahora no. Si en el arranque de la legislatura tenía cartas sobradas para convertirse en el próximo alcalde de Valencia, la mano no le ha salido. Quizás por falta de experiencia, quizás por su bonhomía e ingenuidad temperamental, quizás simplemente el juego no era posible. Dicho lo cual, ha hecho mucho más Ciudadanos en el Ayuntamiento con Giner a la cabeza que sus compañeros en la bancada de Les Corts. Lo del grupo parlamentario pertenece al territorio de la humorada. Todo lo que mal empieza termina por acabar mal. El liderazgo fallido de Punset y de Marí, colaboracionistas encubiertos del tripartito del que acabarán comiendo en la próxima legislatura («una dirección general para Carolina, una concejalía perdida para Alexis»), se vio desde el inicio que los llevaba al precipicio. No han dado una y nadie los toma en serio. Marí ahora dirige un grupo de tránsfugas y ha dejado su último partido cuarteado y desvalido. Lo de González Pons está por ver, Rivera sin embargo ya ha señalado a Toni Cantó como la persona que necesita en Valencia para sacar al partido del ostracismo y la inanidad. Seguramente Cantó no pueda hacerlo solo; Ciudadanos tendrá que salir al mercado de fichajes.

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