EL HOMBRE MENGUANTE

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Hasta cierto punto resulta normal aprovechar el fallo del otro y explotarlo, pero se necesita dosificar esa grieta para alcanzar la demolición deseada. Se precisa, también, que el error del adversario proyecte proporciones monumentales. Si no las tiene, se incurre en el abuso, nos deslizamos hacia el fastidio y luego, qué le vamos a hacer, hacia la cuchufleta.

En el último discurso de Puigdemont, o a estas alturas el penúltimo porque el vértigo y la urgencia son el actual combustible del aquelarre, se agarró, de nuevo, otra vez, a los cachiporrazos propinados por los policías cuando chifló la trompetería del 1-0. El líder catalán, en horas bajas y con el aire de la confusión que surge cuando el cerebro se te ha reducido al estado de una bola esponjosa, sólo se municiona con la dudosa épica de los heridos que salvaguardaban la integridad de las urnas de todo a cien. Invocó, pues, la terrible represión padecida por las fuerzas de ocupación. Si él y los suyos continúan forjando un mito basado en la mentira, no será extraño que los incautos habituales, los atrapados en las fronteras de la secta de su ombligo, equiparen el desembarco de Normandía y la sangre derramada en Omaha beach, o los fallecidos en nuestra terrible y guerracivilesca batalla del Ebro, con los contusionados del 1-0. Así, la humanidad sufrió un desastre colosal cuando el bombardeo de Hiroshima y cuando los pasmas tiraron de goma (así se dice en el argot maderil) tras soportar escupitajos, insultos y algún patadón allá en Cataluña. Puigdemont, el increíble president menguante, sin el relato de audaz, gallarda y resignada rebelión, todavía se achica más. Y si ustedes se toman la molestia de fijarse en sus consellers observarán hasta qué punto se ha degradado el cotarro. El mito de la seriedad catalana derrumbado por unos mindundis.

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