Nada menos que todo un hombre

Por cada maltratador hay cientos de personas como Casimiro Díaz: cabales y valientes cuando la ocasión lo requiere

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Cuentan que, como a tantos españoles de su generación, a Casimiro Díaz le tocó vivir una época difícil, sin más consuelo que la certeza de que si trabajaba duro saldría adelante. Que durante muchos años fue payaso en un pequeño circo. Que la vida le obligó a saltar de un empleo a otro, hasta que una más que merecida jubilación acabó haciéndole sentar la cabeza en el Grao de Castellón. Que tenía una hija malcasada con un animal que la maltrataba, y una nieta de veintidós años con toda una vida por delante. Y que era nada menos que todo un hombre.

Dicen que «un bel morir tutta una vita onora». Y si es así, el viejo payaso Boniato sin duda habrá ingresado en la vida perdurable doblemente honrado. De una parte, por los años que dedicó a hacer sonreír a miles de niños; y de otra por los pocos segundos que invirtió en salvar a su nieta de las zarpas de aquel salvaje, que por no poder ponerle la mano encima a su madre se disponía a violarla a ella, y que gracias a su gesto de hombría se tuvo que conformar con apuñalar a un anciano antes de darse -por suerte, infructuosamente- a la fuga.

Argumentan los expertos en la materia que la violencia de género constituye un grave problema en nuestro país. Que salvo contadas excepciones -que por mandato legal ni siquiera son contabilizadas bajo ese rubro- la infligen los hombres, y la sufren las mujeres. Y que buena prueba de ello es el hecho de que en los últimos quince años hayan sido más de novecientas las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas.

Olvidan sin embargo quienes llevan las cuentas de todo esto -y, sobre todo, quienes a partir de esas tragedias han tratado de construir toda una teoría de las relaciones humanas- que por cada maltratador y por cada asesino hay cientos, seguramente miles, de tipos como Casimiro Díaz. Hombres cabales y decentes en el día a día, que se tornan valientes y arrojados cuando la ocasión lo requiere. Hombres que -si se me permite utilizar dos expresiones ya en desuso, pero que por algún motivo intuyo que ni desagradarían ni desmerecerían a nuestro viejo payaso- 'se visten por los pies' y 'los tienen bien puestos'.

Sumen a los miles de policías y guardias civiles -hombres en su mayoría- que velan por la seguridad de las mujeres maltratadas y trabajan para atrapar a quienes las amenazan; a los jueces que garantizan sus derechos; a los médicos que sanan sus heridas; y hasta a los parlamentarios que legislatura tras legislatura han ido aprobando las normas que ahora les protegen. Y añadan a los novios que aguardan a que su chica entre en el portal de casa, o a los tipos anónimos que detienen su paso cuando creen que algo raro puede estar sucediendo. Y naturalmente, a los abuelos que dan la vida por sus nietas. También son hombres.

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