«HOLA, ¿CÓMO TE LLAMAS?»

Valencia/1987

La calle del Trench olía a especias, a café, a encurtidos, al pan recién horneado del obrador de Enrique Lloret

RAFA LAHUERTA YÚFERA

Qué fue primero, la anécdota o el chiste? ¿El melodrama o la memoria? ¿El costumbrismo o los callejones? ¿La calma o la resignación? La tasca Borgo estaba en el pasadizo de Vallanca, con salida a la plaza Redonda. El humo del tabaco y la bruma de las sartenes inflamaban mi imaginación. En cualquier momento podía aparecer Curro Jiménez y seducir a una jovencísima Isabel Pantoja. Un rumor de trueque meridional y pobre saturaba las esquinas. En una ocasión, mi padre se lanzó de lleno en busca del saldo perfecto. Le salió el tiro por la culata. Las medias de seda estaban rotas, los bolígrafos no tenían tinta, a los peines les faltaban púas. Lo contaba entre risas, asumiendo que sólo la ironía podía salvarnos. Me gustaba escuchar. Me gustaba mucho. Así crecí, masticando historias de un barrio que nunca llegó a ser el mío; o sólo de una manera colateral, uterina, narrativa. No eran mis calles pero iba todas las semanas. En bus, en bici, en la furgoneta que había sustituido al viejo 1500. Un instinto novelesco me empujaba. Quería hacer propia la atmósfera que mis padres habían vivido, en la que yo mismo había nacido. La calle del Trench olía a especias, a café, a encurtidos, al pan recién horneado del obrador de Enrique Lloret. En Salazones Bonanad comprábamos las sardinas de bota y en Marzal los ahumados y todo tipo de aceitunas. Desde ese chaflán se hubiera podido escribir la novela de la ciudad y su mercado, la segunda parte de 'Arroz y Tartana'. Justo enfrente del ultramarinos Marzal había un monito mecanizado que repetía todo el tiempo la misma cantinela, «Hola, ¿cómo te llamas?». Aquella ciudad cambió de piel, pero el recuerdo del mono sigue latente: «hola, ¿cómo te llamas?». Era el verano de 1987 y la calle del Trench vivía bajo los efectos de la violencia que acabó con la vida de Vicente Juliá en febrero de ese mismo año. La noticia colapsó las portadas. Tras un atraco frustrado en la antigua joyería Segarra, una bala perdida encontró en su trayectoria al infortunado dependiente de comercio. Según la hemeroteca de ABC, tenía 35 años; según otras fuentes, 51. El barrio del Mercado ya se desangraba hacia un futuro de imanes para neveras y expectativas de cartón piedra. La trama medieval desaparecía entre la indiferencia, la inseguridad ciudadana y la falta de financiación. Lo escribió Leonardo Sciascia: mercados ricos en ciudades pobres. La nuestra lo era, aunque no lo quisiéramos admitir. En la definición de ese contraste anduvo Blasco Ibáñez muchos años. Pero en 1987 Blasco ya era un tótem amortizado. A izquierdas y a derechas. Dormitaba en el Olimpo de los intocables, convertido en estatua. Todo el mundo sabía quién era pero casi nadie lo había leído. Bastaba dar un paseo por Ciutat Vella para comprender el carácter de los espejismos. La cita de Walter Benjamin rebelaba de forma precisa esa contradicción: «Era curioso como mis oídos se obstinaron en no reconocer Valencia en Valencia». Era esa distancia la que había que recorrer con palabras. Palabras que desarmaran la fantasía, palabras que se obstinaran en fijar un principio de realidad no contaminado por la indigestión de las emociones. También yo accedía al lugar de los hechos con una mochila de agravios. Donde estuvo mi cuna de recién nacido se cobijaban los yonkis. Donde estuvieron el obrador y el horno moruno, los falleros de Corretgeria-Bany dels Pavessos guardaban su monumento. Con cada jornada de lluvia los cascotes de los balcones caían, alimentando el símil de lugar bombardeado. Aún faltaba un año para que Morrisey cantara 'Every day is like Sunday', pero esa ciudad lastrada en un domingo sin fin se parecía mucho a Valencia. El dinamismo y la imaginación no generaban la suficiente energía para contener el deterioro. El cuento de la opulencia y El Levante feliz había calado en el imaginario colectivo con una facilidad extrema. Esa fabula, arbitraria y suicida, no hacía justicia al paisaje. Una banda sonora de lo inasible aumentaba la distancia entre la luz y la verdad. Su luz, el punto de luz, la luz que escondía décadas de contención y abandono. El resto era valencianía sin retorno, barrios de castigo al otro lado del río, histeria de símbolos a pie de calle. Creo que vivíamos en el error. Sin mala fe, pero en el error. Intramuros, una liturgia de bares inhóspitos y casas de comidas a punto de cerrar enseñoreaban el paisaje. Era la víspera tensa de los adioses y los derribos, pero también del absurdo y tragicómico, «qué bonita está Valencia».

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