historias increíbles de una celebración

La cantina

Los casos de una familia aficionada al Valencia Basket y de un padre que fue a recoger a su hija adolescente a la Fonteta

FERNANDO MIÑANA

La semana pasada estuve en Formentera. Sol, playa y pomada, que no es un remedio para las quemaduras sino una bebida a base de ginebra y limonada para levantar el ánimo mientras dejas caer el sol. Es un destino glorioso, pero caro. Así que conviene estudiar bien dónde vas para no quedarte tieso. Yo no perdono ‘El Giovale’, un restaurante de Sant Francesc con una terraza dominada por una enorme higuera donde un par de romanos -ya se sabe que el romano es más que un italiano- te sirven unas pastas celestiales.

Uno de ellos se despidió de un cliente mientras me hacía la cuenta en el mantel. Al verlo alejarse, cogió una botella enorme, vertió en el vaso un chorro de un líquido anaranjado -meloncello dijo que era- y nos susurró que aquel hombre, que vestía de blanco de la cabeza a los pies, algo que no llama la atención en las Pitiusas, iba todos los días a comer. Al ver que no había conseguido atrapar nuestra atención, añadió: «viene a comer todos los días desde hace cuatro años y medio...».

Ahí ya plantamos las orejas y entonces nos remató. «Se llama Enrique y lleva viniendo cuatro años y medio, pero lo peor es que se pide lo mismo ¡todos los días!». Por lo visto, Enrique llega cada día a la una y media, se sienta en su mesa y pide los carbonara, una botella de Vichy Catalan y un café solo. No acaban ahí sus peculiaridades. Cuando llega el solsticio de verano se viste totalmente de blanco. Y el 21 de diciembre muda al negro.

A la vuelta de Formentera, triste y apesadrumbrado, le conté la historia de Enrique a un colega. Como yo le hice al dueño de ‘El Giovale’, me preguntó: «¿Carbonara todos los días desde hace cuatro años y medio?». Y yo, con la media sonrisa del que sabe que maneja una historia suculenta, le contesté que sí. Y que en verano va de blanco y en invierno...

Cuando lo creía rendido ante mi historia, replicó, conociendo mi afición por el Valencia Basket, con otras dos que me dejarían con la boca abierta.

La primera es la de los Gil, una familia que se pirra por el baloncesto y que estaba emocionada con los triunfos del equipo taronja. Ante el cuarto partido, el momento histórico, el hito y la posibilidad de una celebración grandiosa, acordaron verlo juntos. Así que quedaron en casa de uno media hora antes del partido.

Cuando llegaron, el dueño de la casa cogió y buscó el canal donde ofrecían el Valencia Basket-Real Madrid y se conectó. Los Gil no tardaron en vibrar con cada canasta, con la ventaja que permitía soñar con el título y, refresco va, patata viene, empezaron a ponerse muy nerviosos. Chocaban las manos tras cada punto y de vez en cuando comentaban la jugada. «¡Che, tú, San Emeterio se la ha vuelto a hacer a Rudy! ¡Como en el tercer partido!».

Al acabar el choque, gritaron de alegría, se abrazaron y, al cabo de un rato, emocionados, fueron marchándose a sus casas. Uno de ellos subió al coche y conectó la radio para recrearse con la celebración. Pero se quedó estupefacto cuando se encontró a Juan Carlos Villena dando gritos: «Siete minutos y nueve segundos para el final y el Real Madrid se pone a siete puntos. ¡73-66!».

Extrañado, giró el dial y dio con otra emisora que también radiaba un partido en marcha. De repente, todo cuadró. En ese preciso instante entendió por qué se parecían tanto las canastas a las del tercer partido. Es que era el tercer partido.

Por suerte para los Gil, el Valencia Basket no falló y hubo otra celebración. Esta vez real.

Nada más sonar la bocina, una adolescente llamó a su padre y le pidió que fuese a por ella a la Fonteta. El hombre, tirado en pijama sobre el sofá, refunfuñó, pero le supo mal y, como podía bajar en el ascensor directamente al garaje, se fue, sin cambiarse, oculto dentro del coche.

Al llegar a la puerta del pabellón, se impacientó al ver que no llegaba su hija y la llamó desde el móvil. Como tardaba, picado por la curiosidad del bullicio que se escuchaba dentro, decidió asomarse a la puerta discretamente. El júbilo se fue contagiando y, a pesar de ir en pijama, decidió que una victoria así bien valía pasar un poco de vergüenza y acabó entrando en el pabellón. Aquel padre debió dejarse el rubor en la puerta porque acabó en el centro de la cancha, dando saltos y haciéndose un selfie con Juan Roig. Me imagino yo entonces a su hija adolescente abochornada viendo a aquel padre desatado.

Historias increíbles, historias reales.

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