UNA HISTORIA DEL VALENCIA (XVIII)

UNA HISTORIA DEL VALENCIA (XVIII)

En los años treinta el Valencia amasó una bien merecida fama de equipo copero.

El ascenso del Valencia FC a Primera en 1931 abrió un horizonte nuevo para el club de Mestalla. Por fin, tras años de lucha generalmente desigual en los campeonatos regionales contra equipos de segunda categoría, el Valencia podía medirse a los grandes sin necesidad de esperar a la Copa. Sin embargo, las primeras experiencias en la máxima categoría evidenciaron que todavía existía una distancia demasiado grande entre el cuadro valencianista y los capos del fútbol español, al menos en una competición larga. Aunque el Valencia hizo de Mestalla un fortín durante la temporada 31-32, el equipo patinó repetidamente fuera de casa. La primera victoria a domicilio en la Liga, de hecho, no llegaría hasta dos años y medio después del ascenso, en Ibaiondo ante el Arenas de Getxo. Esta irregularidad hizo que el equipo se acostumbrase a caminar por el alambre y que en 1933, por ejemplo, se salvase por los pelos del descenso en la última jornada gracias al famoso gol de Juan Costa en Mendizorroza.

En realidad la explosividad del Valencia casaba más con el campeonato de Copa que con la Liga. Como ya sabemos, en 1928 el equipo había alcanzado por primera vez las semifinales del torneo del KO tras apear en cuartos al Real Madrid. Dos años después, con Fivérb de vuelta en el banquillo tras la controvertida experiencia de Elliott, el Madrid volvió a cruzarse en el camino del Valencia. La eliminatoria ha quedado grabada a fuego en la memoria valencianista como una de las primeras demostraciones de parcialidad arbitral a favor del club madrileño. En el partido de ida, disputado en Mestalla, el conjunto capitalino se impuso 2-5, aunque dos de sus tantos no debieron subir al marcador. El primero, nada más comenzar el partido, tras tocar Monchín Triana el balón con la mano; el último, a pocos minutos del final, después de un fuera de juego flagrante de Gaspar Rubio. Para acabar de redondear la historia, el árbitro, Santiago Insausti, decidió pitar el final del partido varios minutos antes del 90 ante la incredulidad general.

Pero el encuentro de vuelta fue todavía peor. El Valencia se puso 0-2 (Molina y Navarro) en Chamartín y llegó a igualar en dos ocasiones la eliminatoria, pero los goles marcados por Picolín y Navarro, completamente legales, fueron anulados por el árbitro Fausto Martín. Ante tamaña injusticia, que descabalgaba al Valencia de la que hubiera sido su primera final, Pasarín, capitán del equipo, agarró el balón y, seguido por sus compañeros, se retiró a la caseta. El público madrileño, que había censurado la pésima actuación del árbitro durante todo el partido, ovacionó al Valencia por su decisión. Una estampa sorprendente, por lo inusual, y que, desgraciadamente, sería imposible de contemplar hoy en día no ya en el Bernabéu, sino en la mayor parte de estadios españoles.

La pésima actuación de Martín trajo cola. En la crónica de LAS PROVINCIAS 'Juan Balón', enviado especial a Chamartín, se mostraba indignado: «No ha sido el Madrid quien eliminó al Valencia. Han sido los señores del pito: INSAUSTI Y FAUSTO MARTÍN, ¡lagarto, lagarto! El Valencia, aparte de tomar los acuerdos que estime pertinentes, debe recusar a perpetuidad a esos dos señores, vividores del pito, que tan cínicamente se han encargado de eliminarle de la contienda nacional. Es un caso vergonzoso, pero desgraciadamente no es el primero, ni ¡ay! el último». Dicho y hecho. Tras protestar duramente en el acta, el Valencia desplazó a Madrid a su presidente, Giménez Cánovas, su secretario general, Luis Colina, y al secretario del club, José Cano Coloma (prestigioso abogado y futuro alcalde de Valencia) para exigir medidas ante la Federación. La acción surtió efecto. Martín e Insausti no volvieron a pitar un partido al Valencia.

La querencia del Valencia por la Copa se manifestó repetidamente en los primeros años 30. En 1933, tras conseguir la salvación de categoría y en mitad de una grave crisis institucional y económica, el equipo sacó el genio y volvió a plantarse en las semifinales, de nuevo ante el Madrid. Esta vez no hubo escándalo arbitral y el conjunto madrileño eliminó al valenciano con todo merecimiento. Poco después tomó el mando del club el arquitecto Francisco Almenar. El nuevo presidente, hombre mesurado y pausado, apostó por una línea de actuación de perfil modesto en la que la gran adquisición fue el entrenador, el inglés Jack Greenwell, que llevaría al Valencia a su primera final en 1934. Una efeméride que repasaremos con la amplitud que merece la semana que viene.

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