UNA HISTORIA DEL VALENCIA (XVI)

La incorporación de Luis Colina fue uno de los mayores aciertos en la historia del Valencia

JOSÉ RICARDO MARCH

A finales de 1927 el Valencia se encontraba en un momento clave en su todavía corta historia. El equipo se hallaba inmerso en la disputa del Campeonato Regional y la irregular 'Liga Máxima' a la espera de que cristalizasen las negociaciones para formar un torneo estatal de Liga, en las que participaba activamente el presidente Facundo Pascual. Más allá de esta cuestión, de importancia cabal para el desarrollo del Valencia, el club de Mestalla sufría las complicaciones de una difícil situación económica, acuciada como estaba la sociedad por el pago a acreedores muy diversos. Y, de propina, se hallaba en el ojo del huracán federativo a cuenta de las complicaciones del llamado 'caso Urrutia', protagonizado por un futbolista que tiempo atrás había fichado por el Valencia sin el consentimiento del Levante, su equipo de origen, y que recientemente había repetido la jugada para marcharse al Oviedo.

En este ajetreado contexto, que requería una mano experimentada que agarrase las riendas del club, Pascual tomó una decisión de enorme importancia: la contratación de un secretario general para el Valencia. Hasta el momento la gerencia había sido desempeñada de manera amateur por socios como Federico Almela, Remigio Sáez o José María Hernández Gavilá. La dimisión de este último en noviembre de 1927 abrió el camino para la profesionalización del cargo. Por fin, tras semanas de especulaciones, en febrero de 1928 Las Provincias comunicaba a sus lectores una extraordinaria noticia: el Valencia había fichado al madrileño Luis Colina Álvarez para ocupar el puesto vacante.

Colina era un personaje de gran talla humana y enorme prestigio en el fútbol de la época. Deportista consumado (fue atleta, ciclista y futbolista en su juventud), era, a la sazón, directivo del Colegio Nacional de Árbitros. Había desempeñado una decena de cargos de responsabilidad, entre ellos la secretaría de la Federación Española, lo que le había proporcionado un conocimiento amplísimo sobre todos los resortes del fútbol en España y le confería una autoridad incuestionable entre los futbolistas, directivos y colegiados de cualquier rincón del país. El perfil del nuevo responsable administrativo del club era, pues, inmejorable, y sería determinante para que el Valencia abandonase definitivamente las brumas del fútbol regional y se encaramara a la cima del deporte español en los años cuarenta.

Curiosamente, la llegada de Colina a Valencia concidió temporalmente con la excelente campaña copera del equipo, en la que el cuadro dirigido por James Elliott alcanzó por primera vez las semifinales del torneo del KO. Sin embargo, a pesar de tamaña proeza, el vestuario era un polvorín y la relación entre el inglés y sus futbolistas, pésima. La primera muestra de que Colina iba a ser algo más que un mero secretario de despacho llegó cuando, a la vista de que la situación deportiva amenazaba con desmadrarse, la directiva rebajó considerablemente los plenos poderes antes concedidos al inglés en detrimento del madrileño, a quien incluso se llegó a encargar la confección de las alineaciones del equipo.

La anécdota relatada habla por sí sola de la confianza depositada en Colina por parte de la directiva del Valencia. Esta fe ciega en el secretario general sería una constante hasta su muerte en 1956, veintiocho años después de su fichaje. Durante esas tres décadas, el Valencia cambió en tres ocasiones de sede social y vio pasar a nueve presidentes, doce entrenadores y decenas de futbolistas y directivos. Solo una pieza permaneció fija en la estructura valencianista: Colina. Su gran personalidad y su capacidad se manifestaron en innumerables ocasiones: ejerciendo como "patrón de pesca" para fichar a entrenadores y futbolistas de nivel o a promesas de futuro como Mundo, Epi o Eizaguirre; poniendo orden en el frecuente desorden del club; preparando concienzudamente al que habría de ser su sucesor, Vicente Peris; protestando enérgicamente por los arbitrajes o las decisiones federativas que perjudicaban a su equipo; edificando, en definitiva, un sólido prestigio que hizo del Valencia una entidad respetada y admirada en toda España. Incluso en momentos tan difíciles como la guerra o los primeros meses de la posguerra, Colina supo maniobrar con cautela e inteligencia para asegurar la supervivencia de la entidad. Por todo ello cabría valorar la decisión tomada por Facundo Pascual a comienzos de 1928 como una de las más acertadas en la historia de nuestro club. Sin Luis Colina, seguramente, el gran Valencia de los años cuarenta jamás hubiera existido.

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