UNA HISTORIA DEL VALENCIA (XII)

UNA HISTORIA DEL VALENCIA (XII)

El Valencia y el Gimnástico protagonizaron los primeros años del fútbol valenciano. Una rivalidad que popularizó el balompié.

JOSÉ RICARDO MARCH

Durante el primer tercio del siglo XX Valencia fue el escenario perfecto para reeditar la shakespeariana tensión entre Montescos y Capuletos. La ciudad se hallaba en continuo enfrentamiento entre diferentes grupos de cualquier condición política, social o, incluso, de facciones taurinas opuestas. Así, carlistas y alfonsinos, sorianistas y blasquistas, republicanos y clericales, belmontistas y gallistas y un largo etcétera se cruzaron durante décadas insultos, se dirigieron libelos y pasquines, protagonizaron tumultos, intercambiaron golpes y, lo que es más triste, mancharon el pavimento de la ciudad con sangre propia y ajena.

Una de las rivalidades más agrias que se vivieron en la Valencia de la época fue la que situó el dominio futbolístico local como elemento en disputa. La protagonizaron el Valencia y el Gimnástico, germen capitalino del actual Levante Unión Deportiva. Y la ganó el Valencia, no sin antes haber recorrido un camino que trascendía lo meramente deportivo.

La animadversión entre valencianistas (merengues, según la nomenclatura de la época) y gimnastiquistas (granotas a partir de la instalación del club en el Stadium del río) nació, esencialmente, de una pronunciada enemistad personal: la de los fundadores de ambos clubes. El alma máter del Gimnástico era Amador Sanchis, abogado y periodista de Diario de Valencia, carlista y católico, que se había educado en el jesuita Patronato de la Juventud Obrera; el líder del Valencia era Octavio Augusto Milego, profesor de literatura, republicano, amamantado por las ideas del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza y formado con los padres salesianos. La antipatía que se profesaban ambos personajes tuvo su origen en los oscuros años en los que el Gimnástico de Sanchis y el Sagunto de Milego se enfrentaban en los solares de la ciudad o en los campos de sus respectivos colegios. Cuando, desaparecido el Español y moribundo el Sagunto, Milego fundó el Valencia, lo hizo con la intención de capitalizar el fútbol local. El Gimnástico, que era el gallito de la época, se resistió, como era lógico, a ser absorbido.

Valencia y Gimnástico representaban dos visiones contrapuestas del fútbol y de la vida. El club granota se aferraba a su origen conservador y tradicionalista, despreciando conscientemente la modernidad y todo lo que ella conllevase. Por ejemplo, el profesionalismo. El Valencia, por el contrario, buscaba encaramarse a la grupa de los nuevos tiempos y enjugar la distancia de décadas que le separaba de los grandes del fútbol español. El club de Milego y compañía intentó, al principio con ciertos subterfugios y, posteriormente, a base de talonario, acelerar su conquista del poder. Sanchis, desde su tribuna en Diario de Valencia, arremetió duramente contra esas prácticas. Y los periódicos satélites del Gimnástico, la prensa 'de combate' (según brillante definición del doctor Simón Barceló) se sumaron a la fiesta, a la que no tardarían en incorporarse los semanarios al servicio del Valencia. Las páginas de la prensa de la época son un continuo ir y venir de reproches e insultos que tienen como blancos preferidos a directivos, periodistas y futbolistas de ambos clubes.

El punto de inflexión que marcaría la victoria valencianista se puede situar en el campeonato 1922-23. El Valencia, tras incorporar a varios puntales del Gimnástico como Peral o Mariano, arrasó a sus rivales y se clasificó por primera vez para la Copa de España, una meta que el Gimnástico nunca había alcanzado. Aunque el club granota consiguió resarcirse ganando el regional 1923-24 y aferrándose a su condición de decano del fútbol local, todo había cambiado. La popularidad del Valencia, que era ya extraordinaria, propició un trasvase continuo de socios y aficionados desde el Stadium (y, después, Vallejo) a Mestalla. En los siguientes años buena parte de los mejores jugadores del Gimnástico (Molina, Silvino, Juan Ramón) acabarían recalando en el Valencia, y aunque los granotas trataron de ajustarse a los nuevos tiempos no lo consiguieron y el abismo se agrandó. Por entonces el club de Mestalla competía ya en Primera División y rivalizaba en el cada vez menos importante campeonato regional con el Castellón y el Levante. El recuerdo del viejo duelo, sin embargo, permanecería vivo en la memoria de los granotas durante mucho tiempo, incluso más allá de la fusión del Levante y el Gimnástico en agosto de 1939.

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