Una vez le dije a Gerardo que soy un hombre afortunado. Me replicó rápidamente. -¿Afortunado? Tienes ochenta años, con achaques propios de tu edad. Eres un gallego renegado, solo como la una y con apenas cuatro chavos. ¿Por qué eres afortunado?

Pude contestarle que porque estoy satisfecho con lo que la vida me ha dado y sé poner lo que deseo por debajo de lo que tengo, a diferencia de él, podrido de millones, con un ejército de hijos, nietos y sobrinos, pero amargado por mil problemas que o tiene o se inventa. Preferí callarme.

No soy gallego renegado. Nací en Lugo y vivo en Valencia hace sesenta años, pero tengo morriña. Me agobia tanto sol y revivo con días nublados, como los de Galicia.

Tenía doce años cuando murió mi madre. Mi padre se casó al año con Clara, cariñosa conmigo. Naturalmente, prefería a los dos hijos que tuvo con mi padre, Pepiño y Elvirita, quince y diecisiete años menores que yo. Apenas me conocieron. Mi padre trabajaba en un banco de La Coruña. Cuando tuve quince años, entré en él de botones; entonces se podía empezar de botones y acabar de director. Dos años más tarde cubrí una plaza en la sucursal del banco en Valencia y aquí me quedé ya. Me adapté al trabajo y a Valencia. Intimista y tímido, soy un feliz soltero.

Viví en una pensión hasta que pude comprarme un apartamento, junto al palacio arzobispal. Frecuentemente hacía escapadas a Galicia para ver a mi padre y a Clara, cuyos hijos ni mencionaré. Hermanastros suena mal y hermanos nunca quisieron serlo. Al morir mi padre yo tenía 43 años. Pepiño, que andaba dando tumbos por Barcelona, no acudió al entierro. Elvirita, casada un año antes -no me invitó-, vino con su marido, efusivo, queriendo compensar la indiferencia de su mujer. No he vuelto a verlos, pues Clara falleció poco después y no volví a Galicia. ¿Para qué? Lo que menos falta hace a mi tranquila existencia son añoranzas.

Llegó la crisis económica. Cercano a los sesenta años, el banco me ofreció una ventajosa prejubilación. No había llegado a director porque soy un decepcionante conformista. Uno no sabe cuánto llena la vida el trabajo hasta que lo pierde. Ni siquiera viajar me ilusionaba como antes.

-Estás delicioso -sentenció Gerardo-. Cásate.

Gerardo sabe hacerme reír cuando menos ganas tengo. Una madrugada me desperté sudando y con un fuerte dolor en el pecho. «Un infarto», pensé, aterrado. Me han contado que me caí ante la puerta de mis vecinos, pidiendo ayuda. Repito que soy afortunado. Su hijo, médico en Madrid, estaba pasando unos días con ellos y me salvó la vida. Mínimamente recuperado, me sometieron a una 'operación de caballo'. En mi tranquila convalecencia, decidí reestructurar mi vida. No podía vivir solo.

Un antiguo compañero se deshizo en alabanzas sobre la residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de la plaza de Santa Mónica, donde tenía a su madre. Pensé que aquello no era para mí, pero como me sobraba tiempo, decidí acercarme. Era una tarde de otoño y el decadente sol matizaba las blancas paredes de la residencia. Los claustros siempre me han atraído. Al entrar me encontré en uno de grandes arcadas, luminoso. En el centro, una imagen del Sagrado Corazón.

Aquello era enorme, con brillantes corredores. Me crucé con monjas de andar rápido, como deslizándose. Un regocijado grupito de novicias -largos vestidos negros y cuellos duros- ponía una nota de alegría juvenil. Regresé muy animado. Al día siguiente se lo conté a Gerardo. Esperaba un mordaz comentario, pero se limitó a mirarme de hito en hito. Supo lo que bullía en mi cabeza.

-Piénsatelo bien, dijo escuetamente.

Desmenucé largamente el asunto y analicé cada fragmento. Las monjas son Hermanas -'Hermanitas', les dicen todos-, pero la Superiora es 'Madre', una mujer afectuosa, acostumbrada a tratar con mayores. Me enseñó habitaciones, zonas comunes, enfermería, capilla, todo muy acogedor. Mobiliario y utillaje relucían de limpios. Una apretada conversación dejó ultimada mi incorporación al centro. No tenían habitación, pero días después me telefoneó y el 18 de diciembre, festividad de la Virgen de la O, entré en mi nuevo hogar. La Navidad era inmediata y la casa estaba engalanada con mil detalles hogareños, encantadores. Me sentí feliz.

De eso hace seis años y parece que hubiera vivido aquí toda la vida. Me costó acostumbrarme a los horarios; hacía mucha vida con mis amigos de siempre, pero poco a poco intimé con los compañeros de la residencia. Ahora ellos son mi familia. Supongo que los ángeles se llevarán muy bien entre ellos, pero nosotros no somos ángeles, sino hombres y, además, viejos, con achaques, limitaciones e invalideces, pero nos ayudamos mutuamente. Gerardo me ha contado la tremenda historia de una nieta suya extraviada por los caminos de la droga. Mientras me apretaba la mano, con voz casi inaudible por la congoja, susurró:

-Cuánta razón tienes al decir que eres un hombre afortunado...

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