Héroes

La personalidad del rescatador se ha ido preparando a lo largo de la vida para poder intervenir de forma automática y altruista

VICENTE GARRIDO

Hace unos días tuve la oportunidad de conocer a los chicos que rescataron a la que hubiera sido la siguiente víctima del asesino confeso de Diana Quer. Chavales del todo normales, pendientes de sus cosas que, sin embargo, fueron capaces de suspender el transcurrir usual del tiempo durante unos segundos críticos y acudir al auxilio de la joven que estaba a punto de ser secuestrada, puesto que el 'Chicle' ya la había introducido en su automóvil, como preludio a un futuro aterrador y trágico. Como suele ser habitual, otras muchas personas también habían escuchado esos gritos desesperados, pero no hicieron nada.

Hay un concepto para describir ese fenómeno: difusión de la responsabilidad. Enfrentados a una situación potencialmente peligrosa, los espectadores (las personas potencialmente capaces de ayudar) temen las consecuencias negativas que pudieran sufrir por su intervención, y se aferran a que sea 'el otro' el que intervenga. Esto lo describió muy bien el testigo que habló después de la brutal agresión sufrida por el valenciano Daniel Oliver frente a la Facultad de Derecho en 2007. ¿Por qué no acudió él a socorrer a la chica que estaba siendo apalizada junto a una parada de autobús? «El tipo parecía bastante fuerte, y no quería salir malparado». Daniel no lo pensó, y como respuesta recibió un puñetazo letal en la garganta.

Una característica de los 'rescatadores' es su respuesta impulsiva, el hecho de no pensar si van a responder cuando se aperciben del peligro. Suelen señalar que no había mucho que decidir, que de algún modo sintieron que tenían que hacerlo. Ahora bien, haríamos bien en no quitar mérito a la acción por el hecho de que se produjera de modo impulsivo o sin mediar la reflexión, porque en realidad lo que revela la respuesta inmediata ante situaciones de peligro de otras personas es que la personalidad del rescatador se ha ido preparando a lo largo de la vida para, precisamente, poder intervenir de esta forma automática y altruista.

En otras palabras, el héroe se forja gracias a su capacidad sostenida de sentirse parte de una comunidad, de forjar sus emociones y juicios morales en los valores que ayudan a transitar por este mundo. No son seres perfectos o especiales, si bien algunos de ellos pueden dedicar su vida a tareas muy relacionadas con el altruismo. Los jóvenes héroes gallegos nos enseñan que podemos cultivar ese vínculo fuerte con el bienestar del otro que está debajo de la valentía. Eso se aprende en la familia, en el barrio, son experiencias de compartir y de sentirse responsables de sus acciones en sus efectos hacia los demás. El heroísmo se puede contagiar, porque el de verdad es el que ayuda a construir la vida con los otros con altruismo discreto; el acto dramático de salvar una vida es resultado de un modo de ser. Es el humo que nos avisa del fuego interior. Bendito sea.

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