Héroe y villano

J. SÁNCHEZ HERRADOR

El hombre puede ser un ejemplo de virtud pero también el autor de las mayores iniquidades. Todavía discutimos si somos buenos por naturaleza como aseguraba Rousseau o el homo homini lupus de Hobbes que aniquila sin piedad a sus semejantes. En esa batalla contra sí mismo el ser humano ha sido capaz de realizar grandes proezas pero lo que queda constatado es que el hombre es también el protagonista de enormes atrocidades. En esa conjunción de mente y cuerpo que es el ser humano conviven el bien y el mal con absoluta normalidad. La sociedad necesita héroes para certificar que la batalla no está perdida, sujetos que se elevan por encima de esa normalidad para iluminar la existencia humana. Si el héroe es encima un marginado de la sociedad entonces adquiere un perfil casi mítico.

Hemos sabido que el mendigo de Mánchester que había ayudado a las víctimas del atentado en realidad había aprovechado la confusión para robar a los damnificados. Ha pasado en unas semanas de héroe nacional a un ser depravado e insensible. No deberíamos sin embargo excedernos en la calificación ética del sujeto más allá de su repulsiva acción. No deberíamos incluir en el reproche la decepción por no tener ya un héroe, ese espejo donde nos gusta mirarnos como si cada uno de nosotros participáramos de la hazaña para así quizás no tener que analizar nuestros propios actos malvados.

Ahí está el hombre frente a sus contradicciones. Un mendigo que no tiene nada ayuda a las víctimas de los atentados. Podíamos creer, queríamos creer, y sin embargo el héroe caído no es ahora el mayor de los demonios, no, es solo un hombre que se comportó con coherencia cruel al estado de abandono en que se encontraba. No odiemos, no seamos hipócritas, únicamente lamentémoslo.

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