La hermandad de la Lotería

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

En un tiempo en que el mundo se movía en pesetas, la calle del Mar, en la mañana del 22 de diciembre, era cortada por una multitud de curiosos con gorra, oficinistas con sombrero y aprendices de largo guardapolvo, que se quedaban atrapados, como las palomillas a la luz, por los mensajes que LAS PROVINCIAS colgaba en los dos pizarrones que tenía en la fachada de su sede. Aunque no jugaran, conocer los números premiados en el Sorteo de Navidad de la Lotería Nacional, y verlos asociados al nombre de la ciudad agraciada, era una información necesaria para millones de españoles; sin ella era difícil entrar en esa atmósfera, entre nostálgica y benéfica, que suele invadirnos a los sentimentales a partir del 15 de diciembre.

Habla el Setentón de la cordialidad entre patronos y obreros en diciembre, y es verdad que en las empresas, incluso en el siglo XXI, suele generarse una atmósfera de camaradería que lleva a convocar ceremonias tan inquietantes como las Cenas de Navidad; pero concebidas por algunos como maniobras generales de peloteo y adulación, la mayoría solo encuentra en ellas una excusa interesante para beber gratis. Sin embargo, en tiempos antiguos que yo viví, donde las empresas tenían un claro tono paternalista e incluso en ocasiones una inspiración cristiana, se celebraban más comidas que cenas de Navidad, los trabajadores recibían un aguinaldo en forma de cesta de alimentos y sus hijos tenían garantizado un juguete en la fiesta de Reyes.

Aún existía una costumbre singular, que no se ha perdido del todo. Era la que llevaba a patronos y trabajadores a jugar un mismo número de Lotería de Navidad, con la esperanza de compartir la suerte si el número resultaba agraciado. Es así como en la historia de los valencianos hay navidades notables que se reconocen a través de la etiqueta de la empresa que fue favorecida por el Premio Gordo. Así, el año 1959 es el 'de González Mataix', por el nombre del propietario de la bodega y destilería que, desde su sede en la calle de Xàtiva, repartió entre empleados y clientes un buen montón de dinero gracias al 36.600, el del primer premio. O el año 1968 es el año de Luis Súñer porque el 28.947 repartió docenas de millones de pesetas entre los trabajadores y la cadena entera de distribución de Avidesa, la factoría que ya producía en serie el pollo de consumo nacional.

No era preciso que tocara el Gordo para que la alegría cambiara las caras de empleados y propietarios a las vez. El año 1951, la calle de Castellón fue noticia por una ferretería agraciada por la Lotería, aunque lo que tocó fue el segundo premio. Pero saltó a la fama con la misma seguridad que Hornillos Práctic lo hizo dos años después, en 1953, cuando resultó premiada toda la nómina de una factoría que fabricaba unos elegantes quemadores de petróleo para cocinar. El número 3.270, comprado en la plaza de la Virgen, dejó 60 millones de pesetas en la industria y otros 45 en el Servicio Valenciano del Cultivo del Tabaco, entidad esta que no ha pasado a la historia quizá por ser su nombre tan largo.

Daba gusto ver las escenas de hermandad entre el 'staff' directivo y las clases subalternas cuando la Lotería les había reunido de modo mágico; todos destapaban botellas de sidra con la misma cara de felicidad cuando llegaban los fotógrafos. E incluso se dieron casos en que compartieron con ellos una copa. Y es que, en ocasiones así, los de arriba y los de abajo gozaban al poder disfrutar la misma buena suerte, aunque fueran conscientes de que el amo o propietario (ahora se llama CEO) jugaba siempre ocho décimos, el cajero y el contable confesaban tener dos cada uno, el 'encarregat' guardaba uno en el bolsillo, los dependientes llevaban diez pesetas en papeletas y al aprendiz del reparto con triciclo solo se habían acordado de guardarle una participación... de una peseta.

Fotos

Vídeos