Una herencia perversa

DIEGO CARCEDO

La transición a la democracia fue una obra de artesanía política magistral, eso está fuera de duda. Consiguió lo que parecía más difícil: convertir la Dictadura en una democracia parlamentaria reconocida enseguida por todo el mundo. Pero si la transición fue un éxito, es evidente que la post transición que cuarenta años después seguimos sin resolver, es un completo fracaso. La democracia todavía no ha sido capaz de liquidar una herencia tan perversa como la recibida.

No hace falta recurrir al ejemplo de lo que ocurrió en otros países en situaciones parecidas, como Alemania, Italia, Chile, Grecia. En todos se borraron los rastros de unos regímenes autoritarios como sufrieron con rapidez y eficacia. En España, no. Quedan muchos a la vista, desde el Valle de los Caidos hasta millares de nombres de calles y plazas, pasando por placas recordando la división entre buenos y malos y el pazo de Meirás, para acabar con millares de cadáveres de víctimas ocultos en las cunetas.

Es evidente que esto fue una concesión política a la normalidad con que se hicieron los cambios en el sistema y a los avances en las libertades y derechos humanos logrados. El gran error, sin embargo, fue dejarlo estar, olvidarse, permitir que esas concesiones se perpetuasen como realidades y en apariencia, hasta en derechos. Todavía hay ayuntamientos y otras instituciones que se niegan a liquidar el mal ejemplo del anterior Régimen y las propuestas parlamentarias para condenarlo fracasan.

Muchos piensan que eso ya está olvidado y que ya da igual. Y debería estarlo, como se han olvidado las guerras carlistas, pero no lo está porque esa herencia sigue recordando hechos a los familiares de las víctimas, o simplemente muchos ciudadanos cuyas convicciones democráticas rechazan que lo sucedido siga sin liquidarse. Es muy lamentable que con todos los problemas que existen en España, se continúe perdiendo tanto tiempo en debates, reivindicaciones y enfrentamientos políticos por este asunto.

Aunque sea con retraso, ¿no habrá llegado ya el momento de acabar con esta situación de una vez para siempre? ¿No descansaríamos mejor todos sin tener que vivir a diario esas polémicas, de apariencia estériles, aunque no lo sean tanto, sobre la perpetuación visible y la influencia de la herencia del franquismo? Por supuesto que todavía puede haber nostálgicos que se oponen pero también hay muchos sufridores de los agravios.

Hay algo más que aparentemente se desdeña. La influencia de las cuatro décadas de Dictadura sangrienta sigue siendo utilizada como argumento de quienes quieren acabar con el sistema y la unidad territorial y, como vemos a menudo, de quienes fuera lo utilizan como argumento para desprestigiar la imagen de nuestro país. Es un recurso fácil que desde dentro no se ha conseguido invalidar.

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