HEIDI, CLARITA Y ANNA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los despistados, los pésimos fisionomistas, sufrimos malos tragos cuando, tras toparnos con alguien, componemos semblante confuso mientras nos sueltan: «¿No me reconoces?» Pues no. El quiosquero que me nutre de papel y bonoloto desde hace varios lustros se llama Juanjo. Tertuliamos mucho, cobijados en su local. Una vez me lo encontré por la calle y no le reconocí. Verlo fuera de su entorno natural colapsó mi cerebro y hasta que no espetó «soy Juanjo, el quiosquero», no caí.

Peor es cuando una amiga se corta o se tiñe la cabellera. Me cuesta reconocerla y lo terrible es cambiarle el nombre... «¡Eres Amparo!» Pero resultó que era Susana. Gran cagada. Por eso, cuando irrumpió vía televisor una chica proyectando aire moroso, monjil, pensé que estaban anunciado un encuentro espiritual entre jóvenes sin fronteras que pretendían explicar alguna misión de catequesis. Sólo cuando enchufé la oreja comprendí que era Anna Gabriel. Flipé con su nueva y blanda imagen. Añoré su anterior estampa con ese punto gamberro y trallero que al menos rompía la rutina de vestimenta sosa de los políticos habituales. Se supone que, cuando aterrizas en un ambiente presuntamente aburrido y pulcro como el de Suiza, poco a poco la atmósfera te va empapando con su lluvia fina hasta amansar tu antaño cimarrona personalidad. En el caso de Anna Gabriel no. Ha sido llegar y besar el santo de la corrección. El envoltorio rebelde de flequillo forjado a golpe de hacha, sin transición, ha cristalizado en chica aplicada que se sienta en la primera fila del aula. Si su anterior uniforme podía asustar a la burguesía suiza, su actual imagen la aproxima al círculo de amistades de Heidi y Clarita. Jamás sospeché que el efecto Suizo afectaría tanto en tan escaso tiempo. Anna Gabriel se ha mimetizado al instante en la cuna del capital.

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