HARRY POTTER INCENDIA ROMA

ANTONIO VERGARA

Hace más de treinta años estuve en Maguncia (Mainz, Alemania). Viaje en autobús. Hermosa ciudad, muy bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida racionalmente. Sus tranvías eléctricos eran magníficos, puntuales y muy limpios.

Al llegar a la frontera con Alemania dos impresionantes policías subieron al vehículo y lo recorrieron lentamente observando a todos los pasajeros, asiento por asiento. Clavaban sus miradas en cada uno de los excursionistas (culturales). De repente se detuvieron ante de uno de los viajeros que parecía un militante de Al-Fatah. Barba muy poblada, espesa y negra, y color de cara atezado.

El 'vopo' de la Alemania Occidental le pidió el pasaporte y hasta el carnet nacional de identidad. Repasó hoja por hoja el pasaporte. Finalmente, bajó del autobús y el vehículo a motor entró en la República Federal Alemana. La gracia reside en que el presunto miembro de Al-Fatah era de Bonrepós i Mirambell (Horta Nord) y hablaba valenciano. Estaba tan moreno a causa de las faenas agrícolas. La chufa.

Instalados en Mainz comprobamos que la policía alemana la componían seres humanos normales e incluso con sentido del humor. Convivimos con ella varios días porque el viaje era la consecuencia de un intercambio cultural entre un orfeón de la policía alemana y el Orfeón Navarro Reverter. Visitamos sus locales y una noche cenamos en uno de sus espaciosos comedores. Algún valenciano disparó una traca con gran sobresalto de los polis. Hubo intentos de ligue germano-español. Uno de los guardianes era bastante 'calent'. Es decir, un ser humano. Guardo un soberbio recuerdo de aquel viaje -pesadísimo- en autobús. Y de la cordialidad de nuestros anfitriones.

Al contrario, cuando fui al pueblo de Anglés en 1998 (comarca de La Selva, Gerona, 5.600 habitantes) para visitar un buen restaurante, L'Aliança, percibí la naturaleza profunda del nacionalismo cerril y el independentismo cuando entré, con otra persona, en un bar para beber una cerveza antes de comer.

Nada más franquear las puerta de madera, los 15 ó 20 clientes nos miraron, extrañados, como si fuésemos extraterrestres. Tal vez porque vestíamos 'polos' de colores un tanto llamativos. Enseguida cuchichearon. «Són espanyols». Llegué a escuchar este comentario a uno de los payeses -poseo un fino oído-. Así que arriamos las velas rápidamente. ¡Qué estupidez! Utilizar el gentilicio español como insulto, cuando los policías alemanes sólo nos dedicaron parabienes cantando la tonadilla popular '¡Que viva España!' en nuestro honor.

Coincidió que el día de la patochada del Parlament de Catalunya a propósito del ilegal referendo soberanista (presidida por 'Harry Potter', como le llaman popularmente en Barcelona a Puigdemont), tuve el placer de seguir la retransmisión televisiva completa merced a TV3. La dirige un ex-valenciano y ex-director del ultra subvencionado semanario 'El Temps', Vicent Sanchis. Se considera un 'català de València'. Milita en la utopía 'dels Països Catalans': Alzira, Godella, Chelva, Villar del Arzobispo, Ayora o Reus, entre otras poblaciones del 'àmbit de la llengua'.

En el hotel enchufaba la televisión a las nueve de la mañana y asistía, hasta la madrugada, a la proyección de varias películas encadenadas de los Hermanos Marx, sólo con algunos descansos para añadir barbaridades ilegales enfrentándose el 'Parlament' a su propio y profesional equipo jurídico. Las sesiones marxianas casi mejoraban la extraordinaria 'Sopa de ganso'. Faltó que interviniera Oriol Junqueras tocando el arpa como Harpo Marx o la lira, igual que Nerón contemplando cómo arde Roma.

Porque muchos nos tememos, con fundamento empírico y lecturas sobre la fracasada II República, que a la altura de 2017 todavía hay muchos políticos fanáticos y aldeanos capaces de pegarle fuego a la convivencia civilizada.

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