Otro hallazgo. Y van dos

FERRAN BELDA

Lo ha vuelto a hacer. Con la misma solemnidad con que atribuyó a Velázquez el 'anónimo veneciano' que un tal Delgado (seudónimo) llevó al domicilio de una de sus trabajadoras, el director del Museo de BB. AA. José I. Casar acaba de adjudicar a Murillo la paternidad de una pintura expósita, propiedad también de ese mismo inversor. Un señor de cuyas señas sólo ha tenido a bien desvelar que es cordobés, a pesar de que ya le ha colgado 32 cuadros de su colección en la renovada primera planta del antiguo colegio sacerdotal. No me extraña que coleccionistas privados de toda laya, condición ¡y procedencia! estén cediéndole sus cuadros en comodato o en precario. Cola terminarán formando.

El Museo de BB.AA. es la segunda pinacoteca de España. Todo lo que pasa por sus salas experimenta una apreciación automática. El simple hecho de que un museo de su relevancia catalogue y exponga obras previamente identificadas ya constituye una autentificación que multiplica por ciento su valor. Revalorización que se dispara en casos como el que nos ocupa. Piezas de padre y procedencia desconocidos que el museo de titularidad estatal y de gestión autonómica no ha dudado en lanzar al estrellato. Lo admitieron Casar y la receptora y catalogadora del supuesto Velázquez en su presentación oficial: No sabían ni dónde, ni cómo, ni por cuánto lo consiguió su misterioso dueño. Razones más que suficientes para no llevar más allá de lo prudente la voluntad, repetidamente expresada por Casar, de «mimar a los coleccionistas privados»; el verbo que empleó el otro día fue el de cuidar, «cuidar a los coleccionistas». «Corresponde a las instituciones públicas -declaró el año pasado en presencia de la directora general de Patrimonio Carmen Amoraga- favorecer las colecciones privadas». Y puede que así sea, pero no precipitándose a otorgar marchamos de autenticidad y certificados de filiación a razón de uno al año. Porque no estamos hablando de arte, en modo alguno. Estamos hablando de dinero. De mucho dinero. De tanto dinero que aunque presentar una obra inédita constituya una de las mayores tentaciones -ilusiones, en palabras de Casar- que sufre «cualquier institución museística», la obligación de sus responsables es rechazarlas en el supuesto de que no posean una certeza absoluta de su autenticidad. Y en este caso, como en la casi totalidad de ellos, no la hay. No lo digo yo. Es el mismo especialista que la avala quien admite que el 'Retrato de una monja' presenta «características que se apartan del estilo» de don Bartolomé.

¿Por qué existiendo estas dudas asoció Casar el prestigio del San Pío V a una segunda atribución de autoría como poco tan cuestionable como la del Velázquez surgido de una novela de Dashiell Hammett? Es lo menos que deberían preguntarse los señores Amoraga y Girona, responsables políticos del depósito, en lugar de dedicarse a realizar visitas 'ad limina'. Con el IVAM en entredicho no deberían permitir que se ponga en peligro el buen nombre del otro gran museo de Valencia.

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