¡Habemus GroKo!

¡Habemus GroKo!

La cuarta gran coalición entre democristianos y socialdemócratas gobernará por fin Alemania, con un programa de gasto social y alivio de la política de austeridad en la UE

DIEGO ÍÑIGUEZ

En las elecciones de septiembre de 2017, la Unión Democristiana (CDU) perdió 8,6 puntos y el SPD 5,2. Los ganaron la inquietante Alianza por Alemania (AfD), que subió 7,9 y los liberales del FDP, que recuperaron 6. En una situación económica, social y política tan estable como la alemana, la caída de los grandes partidos se explica en parte por el cansancio de los electores, tras doce años de Merkel como canciller. Pero las encuestas revelan otras causas profundas: el miedo a la globalización y a perder el control de la propia vida ante los cambios tecnológicos, sociales y en el sistema de trabajo; la inquietud porque la llegada de inmigrantes y refugiados disuelva la identidad y el modo de vida alemanes; el enfado de muchos electores, que no se han sentido escuchados por sus dirigentes y no se sienten partícipes de la buena situación económica.

La gran coalición no fue la primera opción. En la noche electoral, el candidato socialdemócrata, Martin Schulz, anunció rotunda y malhumoradamente que su partido pasaba a la oposición y, al día siguiente, que él no formaría nunca parte de un Gobierno presidido por Merkel. Democristianos, verdes y liberales empezaron a negociar una coalición, hasta que los liberales -euroescépticos, opuestos a incrementar el gasto social y confiados en que crecerán en la oposición- se retiraron.

La política requiere administrar las propias energías, saber cuándo guardar silencio y cuándo asumir riesgos. Merkel y Schulz han seguido cursos opuestos. Ceder el paso a otra coalición era lo adecuado ante la bajada de los dos socios gobernantes. Pero en el sistema político alemán, una regla no escrita obliga a formar alguno de los gobiernos que permitan los resultados. Tras el fracaso de la primera alternativa, no cabía otra opción que un nuevo Gobierno de socialdemócratas y democristianos. También ha pesado la presión de los medios y del establishment para mantener la gran coalición del centro en el inestable escenario internacional.

En febrero se anunció un acuerdo de coalición, al que los socialdemócratas aportan buena parte de un programa de 177 páginas detalladas y cuantificadas, con un fuerte incremento del gasto en pensiones, vivienda, apoyo a las familias, cuidado de los mayores y educación, limitaciones al abuso de los contratos temporales, créditos para estimular el desarrollo tecnológico, 15.000 nuevos policías y límites anuales a la entrada de refugiados. Se anuncian inversiones a largo plazo en la UE y una preocupación especial por el paro juvenil. El reparto de ministerios también favorece al SPD, que dirigirá Exteriores, Hacienda y Trabajo y Asuntos Sociales. La CDU, sólo Defensa y Economía. Los socialcristianos bávaros, Interior, con el objetivo imposible de oponerse a la demagogia xenófoba de la AfD sin copiar sus recetas.

Schulz ha tenido que acabar dimitiendo, después de convocar un referéndum interno para decidir si el SPD se sumaba a la GroKo (große Koalition), por su mala gestión del 'no' inicial y del cambio de criterio y el anuncio de que sería ministro de Exteriores en la coalición. Los 'jóvenes socialdemócratas' y otros sectores de la izquierda del partido se han opuesto vigorosamente a la nueva, recordando que cada coalición anterior ha costado fuertes pérdidas al SPD, y defendiendo que sólo retirándose a la oposición podrá regenerarse y volver a ser la alternativa de gobierno. Pero un 66% de los 363.000 participantes en el referéndum han votado a favor, también por la certeza de que la alternativa suponía una repetición de las elecciones y hubiera resultado ruinosa para el SPD: las encuestas le auguraban resultados por debajo de la AfD y hasta de los liberales.

El SPD es consciente de que tiene que rejuvenecerse, recuperar a votantes urbanos y plantearse un horizonte más allá del cogobierno. El debate le ha venido bien: le ha traído 24.000 nuevos militantes y ha insuflado vida a sus agrupaciones. Va a elegir una nueva dirección, por primera vez presidida por una mujer, Andrea Nahles. Le dan tiempo la estabilidad de la GroKo y los muchos gobiernos locales y regionales que conserva, porque la sabiduría del elector alemán equilibra el reparto del poder, y porque tienen buenos gestores en el confortable (salvo para el 25% de los trabajadores con empleos precarios) «estado social de un solo país».

Merkel salió debilitada de las elecciones, pero se ha recuperado con su característica habilidad: ha aclarado que gobernará los cuatro y que conviene que la presidencia del partido y la del gobierno siga en las mismas manos, las suyas. A las críticas internas por el programa de gasto social y por haber cedido Hacienda, ha respondido que «el déficit cero y no contraer nuevas deudas son señas de identidad de la CDU» y que ella velará por ellas desde la cancillería. Ha dado un gran golpe nombrando nueva secretaria general del partido a la hasta ahora ministra-presidenta del Sarre, que, cambiando su confortable puesto por uno más dependiente y de menor rango, asume un riesgo que será muy valorado por su partido y la pone en primera línea para la sucesión. Y ha anunciado que uno de sus principales críticos entre los dirigentes jóvenes será ministro de Sanidad y quedará así atado por la solidaridad ministerial y una reforma complicada que administrar.

¿Qué nos toca a nosotros de esta nueva GroKo? Un plan de infraestructuras europeas, algún paso en la institucionalización política de la Unión, otro intento de establecer un mínimo para el impuesto de sociedades, alguna política (¿migraciones?) abierta a la Europa de dos velocidades... Pero, sobre todo, alivio: la coalición mantiene un Gobierno previsible y europeísta, ha evitado los riesgos de una nueva manifestación del enfado del elector soberano, que ya ha traído el Brexit y a Trump. Una legislatura estable segará la hierba bajo la AfD, un partido de protesta poco preparado para la política parlamentaria. Aunque resulte más retórica que productiva, la coincidencia con Macron consolida un centro de gravedad europeo frente al imprevisible Trump y la muy previsible sombra de Putin. La cuarta gran coalición no es hija del entusiasmo de sus integrantes, pero trae estabilidad y una promesa de que esta vez sí responderá a las preocupaciones de sus electores.

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