GUERRA DE PELUQUEROS

Parece cierto que no se soportan, no en vano hemos pasado meses con bombardeos verbales entre Trump y Kim Jong-Un

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Dirán que son muy distintos, que uno está en Occidente y otro, en Oriente; que uno solo cree en el dólar y el otro, en la lucha de clases; que uno es capitalista feroz y el otro, comunista ciego; que uno domina el mundo libre y el otro, no quiere ni oír hablar de libertad. Son ellos. Trump y Kim Jong-Un. El agua y el aceite. El sol y la luna. El yin y el yang. Los vemos como antagonistas y enfrentados de forma natural cada día. Y, en peor situación, a cada hora. Parece cierto que no se soportan, no en vano hemos pasado meses, desde la elección del presidente norteamericano, con bombardeos verbales entre uno y otro. Y con amenazas al estilo «cuelga tú, no, tú, venga, tú» en versión «dispara, baby». Más de una vez hemos estado a punto de ver una bronca monumental con nuestros pobres corazoncitos en medio de los dos.

Sin embargo, algo ha pasado últimamente que les ha llevado a tomar la decisión de sentarse. Tal vez es la Rusia de Putin que aprieta las clavijas a Estados Unidos para tener tranquilo y dominado el otro lado del Pacífico, o China que tiene mucho interés comercial para Trump y viceversa. No sé, pero algo me dice que no deberíamos extrañarnos si hubiera un plan oculto del que, seguramente, no llegaremos a saber nada. Lo importante es que tienen intención de reunirse. Y yo no sé si hablarán o no. Si terminarán por regalarse un misil de largo alcance con sus letras gravadas como recuerdo de la reunión o lo enviarán por mensajero días más tarde y apuntando al mundo entero. Lo que sí sé es que hay algo con lo que pueden jugarse el destino del mundo entero a poco que se lo propongan y no tiene nada que ver con la gran política internacional. Son sus peluqueros.

Nunca antes el mundo estuvo tan en vilo por las discrepancias de tratamiento capilar o por las habilidades diplomáticas de un especialista en cortes, tintes y perfilados pero lo cierto es que pueden conseguir que se sienten a hablar unas esculturas pilosas que nos llevan de cabeza, nunca mejor dicho. Seguro que los peluqueros encuentran más similitudes entre los dos especímenes que miles de horas de negociación. Me imagino al peluquero de Trump explicando cómo conseguir el tono áureo de la cabellera presidencial mientras el de Kim anota, entusiasmado, las cantidades de decolorante con intención de mejorar la cresta coreana. Y, al contrario, no puedo contener el aliento pensando en cómo reaccionará el estilista menos fan de Melania aprendiendo a peinar ese cepillo de terraza que lleva el nietísimo en la cabeza mientras planea hacerle la toga en un descuido. He de confesar que me encantaría verlo precisamente tras una semana feminista como la que termina. Tanto hablar de trapitos y tacones cuando se reúnen las primeras damas, y ya va siendo hora de discutir sobre estilismo y no sobre balanza comercial con sus consortes. Si así fuera, seguro que estaríamos todos mucho más seguros en este mundo.

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