La guerra

Los funcionarios y técnicos han hecho un trabajo didáctico y objetivo en la recuperación del refugio del Ayuntamiento

F. P. PUCHE

Puesta así, con mayúscula, todos sabemos de qué guerra hablamos. Es «la nuestra»: la última de las muchas guerras civiles que los españoles nos hemos dado; esa, precisamente esa guerra que, por su condición de «nuestra», quisimos conjurar mediante un gran pacto nacional de concordia, en 1977, tras la muerte del último dictador.

En el Ayuntamiento, hoy, se va a recordar de nuevo el paso por Valencia, rumbo a Barcelona y París, del Congreso Internacional de Escritores para Defensa de la Cultura. Un especialista, Paul Preston, hablará sobre los intelectuales y periodistas que vinieron a España atraídos por el hecho de la guerra: «escritores comprometidos y turistas literarios», dice el título de su conferencia.

Es en ese hecho, el de acogerse a la figura de un investigador y llevar a un ámbito académico la conmemoración del ya lejano 80º aniversario del 4 de julio de 1937, donde quiero ver que el paso de las décadas sí está produciendo la necesaria normalización en el recuerdo de «aquella» guerra.

Muy parecida es mi opinión sobre la exposición temporal que hay instalada, en la sala municipal de la calle Arzobispo Mayoral, sobre los bombardeos que sufrió Valencia y el sistema de defensas y refugios que se construyó. Ahí, y sobre todo en la muy acertada reconstrucción del refugio que conserva el Ayuntamiento, es donde veo que el tiempo no pasa en balde y que lo que podría ser todavía motivo de irritaciones se presenta al público con los únicos atributos que debe tener: didáctica, interpretación, producción cultural a fin de cuentas.

En los dos casos es justo decir que el éxito se debe a que Ayuntamiento ha renunciado a poner ideología, y que ha reservado la tarea didáctica a sus empleados, funcionarios y técnicos de Cultura, que han hecho un trabajo impecable. Es así como las dos muestras culturales, pero especialmente el refugio, cuya visita recomiendo, se presentan limpias de esa fatigosa contaminación política que algunos temen.

No, lo que vemos es lo que sin duda hubo en aquellos días: miedo, sufrimiento, penalidad, hambre, piojos, angustia... El drama de todo colectivo humano sujeto a un bombardeo. Es el drama de las gentes de una ciudad, la «nuestra».

No será difícil, por añadidura, que junto al padecimiento de mujeres, niños y viejos vislumbremos también el de los alcaldes, los de la guerra, que no tuvieron otras inquietudes que las de siempre: conseguir de un Gobierno sordo, distante y preocupado por otros asuntos, los recursos -dinero, cemento, hierro- necesarios para construir refugios infantiles.

Al final, otra lección se impone: el Gobierno de la República estuvo en Valencia entre noviembre de 1937 y octubre de 1938 pero no dejó el dinero esperado. Lo primero que hizo al llegar a Barcelona fue consignar una partida de diez millones de pesetas para refugios. Es lo que hay, hablemos de Negrín, Zapatero o Rajoy.

Fotos

Vídeos