¿Dónde guardamos tanto odio?

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Cabría preguntarse dónde guardamos esa cantidad de odio que tenemos dentro y que de vez en cuando expulsamos de una manera irracional. Ha de ser ingente si nos fijamos en la munición que soltamos en cuanto encontramos ocasión. Me preocupa saber en qué lugar de nuestro interior se aloja tanta rabia, tanto desprecio, tanto rencor y los efectos que nos puede acarrear ser contenedores de semejantes sentimientos. Eso debe de ser peor que una úlcera. Puestos a preguntarse también me gustaría conocer el modo en que funciona el sistema de eliminación de esas sensaciones, si hay algún método de depuración previo, si existe un mecanismo que sirve de escape para que no se acumule demasiado o si en realidad anda todo el odio apilado, agazapado, aguardando el momento propicio para salir en tromba, atropellando y arrasando lo que sea. Como si se derribase una presa.

Albergamos mucho odio y lo gestionamos mal. No me cabe duda. También pienso que en realidad ese odio viene generado por la impotencia, por la frustración o por la decepción, que las transformamos (mal transformadas, desde luego) y se convierten en un torrente de animadversión. Sálvese quien pueda. Está ahí, pesa, molesta, sacude, fastidia, irrita. No se confundan, eso que vomitan no es indignación, es odio. Eso no es cabreo, es odio. Eso no es un grito reclamando justicia, es un alarido de odio.

El mediático caso del niño Gabriel ha abierto las compuertas. Y esto está que apesta. Desde el pasado domingo hemos hallado la excusa para descargar ese odio que nos revuelve por dentro. A unos más que a otros, también hay que señalarlo. Se disimula poco, como si este tipo de sucesos concediese una bula para desplegar una aversión descontrolada. Internet sirve de herramienta para tanta arcada. Si siente ganas de vomitar no lo dude, no acuda al baño, visite foros, espacios para comentarios, redes sociales y deje ahí su resto. Mensajes crudos, insultos, amenazas, improperios disparados hacia todos los lados. Odio, en definitiva. Ha tenido que salir la madre del niño, la única a la que se le debería dar licencia para odiar, y ha pedido que nadie aproveche esta tesitura para generar odio, para propagarlo, para inocularlo. Que en el nombre de su hijo no lo hagan, que esto no es un folio en blanco. Que no hay venia, que no hay beneplácito.

El mundo siempre será peor si resolvemos nuestros conflictos, reveses y desengaños con odio, si el odio toma la iniciativa de las acciones que acometemos. No abriremos caminos, no encontraremos calma, no haremos justicia. Esa no es la forma, ese no es el vehículo. Asusta ser testigos de las atrocidades que pueden llevar a cabo los seres humanos, pero asusta igual comprobar nuestras reacciones ante la barbarie. Los dos lados de ese espejo dan miedo.

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