A VOZ EN GRITO

MANUEL ALCÁNTARA

Si aprendiéramos de nuestros errores seríamos el país más sabio del mundo. El domingo un millón de ciudadanos de la llamada mayoría silenciosa se echaron a la calle en Barcelona para clamar por la unidad de España y el Estado de derecho. Mientras, Puigdemont escogía este martes próximo, que es hoy sin ir más lejos, para declarar la independencia. Ese sueño loco se ha convertido en una pesadilla que ha derivado en pandemia mientras el goteo catalán chorrea sangre. Por fortuna, hasta ahora la hemoglobina es simbólica. La desbandada de empresas que huyen, o que preparan su huida, es incontable, pero quienes llevan la cuenta del cambio de domicilio social dicen que son más de setecientas las grandes empresas que se han fugado de su tierra. Saben que una Cataluña independiente no tendría sitio en Europa y prefieren cambiar de ciudad a variar de conducta. 'La pela es la pela' y hasta Codorníu y Freixenet corren que se las pelan para prepararse otros lugares donde el independentismo no sea mortífero y el 'president' esté lejos. El champán pseudónimo tiene el mismo sabor aunque se beba a distancia.

El separatismo no es sólo una manía sino una desgracia que aqueja a los países y las regiones que se creen superiores y que quizá lo sean. Vargas Llosa cree que quieren convertir a Cataluña en un país tercermundista y Josep Borrell opina que los prósperos empresarios deberían haber avisado antes. Los dos se están partiendo el pecho para evitar que España se parta y merecen la gratitud de todos, incluso de los que hemos nacido lejos del volcán. Los socialistas piden que se abra un proceso negociado, pero Ciudadanos desea que se baje de la panoplia el artículo 155 y se inicie la vía penal. Las dos soluciones son tardías. La esperanza es lo primero que se pierde cuando traquetea el Estado de derecho.

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