El gran combate

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ante el próximo combate del día 26 de agosto en Las Vegas, viva Las Vegas, entre Floyd Mayweather y Conor McGregor, un amigo mío sensato y delicado, ha pronunciado: «Ramón, déjalo estar, es una payasada». Y es verdad, desde luego, sin embargo se le escapa que, a veces, los mortales vulgares necesitamos una dosis de bendita payasada que nos alegre la existencia porque una cumbre frikilondia de ese calado nos rompe la rutina. Ese mismo amigo mío, tan sensato y cabal, insisto, afirma que el previo a la pelea responde al clásico guión preñado de bravuconadas dispuestas a alimentar el morbo y el espectáculo. De nuevo tiene razón, pero, ¿y qué? Considera, este hombre inteligente ajeno e impermeable a los ataques de la publicidad del puro espectáculo que, los modales de ambos peleadores, sólo homenajean el lado chabacano de la vida. En efecto, el dinero les nutre y les mueve. Se exhiben estos modernos gladiadores en las redes junto a montañas de billetes y glorifican el vil metal. Sin embargo, este finolis amigo mío, olvida las horas de entrenamiento, la férrea disciplina, la alimentación rigurosa e insípida, las largas carreras matutinas, las charlas motivadoras que les enchufan, las sesiones con los sparrings y, en definitiva, el enloquecido ambiente que les acompaña. Gane o pierda, Mayweather se embolsará entre 200 y 300 millones de dólares. Y McGregor unos 200. Con esas lascivas sumas danzando no podemos pretender que, en los ratos libres, tras sacudir recios fostios al saco del gimnasio y saltar la comba, vayan a misa o lean a Sócrates. No pueden ejercer de modositos porque les atropella la atmósfera delirante plagada de focos. Mi amigo tiene toda la razón y el combate segrega tongo a raudales. Pero no me importa, por eso he apostado 50 euros a que McGregor tumba a Floyd en el cuarto asalto.

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