'Gran coalición' en Alemania

ANTONIO PAPELL

El SPD cosechó en las últimas elecciones alemanas el peor resultado de su historia desde el final de la Segunda Guerra Mundial: el 20,5% de los votos. Y ello, pese a la renovación en la cúpula y a la llegada al frente del partido de Martin Schulz, un personaje mucho más atractivo de sus predecesores. La campaña de Schulz, después de cuatro años de coalición de gobierno de su partido con los conservadores, se había basado en la promesa de que no se reproduciría tal cohabitación, que desnaturaliza evidentemente la socialdemocracia. En esta ocasión, Merkel, que tampoco había logrado la mayoría absoluta, debía buscar el báculo que le permitiera gobernar entre las restantes minorías. Pero el intento resultó fallido después de agrias y largas negociaciones. El dilema era claro: o 'gran coalición' o repetición de elecciones. Esta última opción tenía un inconveniente claro: favorecía los intereses de Alternativa para Alemania (AfD), la nueva organización de extrema derecha que se ha colado por los intersticios del sistema con un 12,6% de los sufragios. Esta evidencia ha llevado a la cúpula del SPD a reconsiderar su cerrada negativa al pacto, aunque lo que se acuerde con la CDU-CSU habrá de ser aprobado por un congreso extraordinario que se prevé tormentoso; y además el resultado del Congreso deberá ser sometido a referéndum entre los 450.000 militantes.

El acuerdo estabiliza Europa y da oxígeno al proyecto de Macron: un capítulo del documento alemán se titula 'Un nuevo despertar para Europa', y en él se acepta convertir el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un fondo monetario europeo con control parlamentario, aunque todavía no se da el visto bueno ni a la mutualización de la deuda ni al nombramiento de un ministro de Economía para Europa.

Pero, como contrapartida, el pacto contribuye al desarme ideológico de la Unión Europea. Parece un hecho objetivo que la confluencia de las grandes opciones ideológicas, que en otro tiempo representaban los polos de una dicotomía sobre la que se construía una dialéctica del poder, atrae a los instalados pero repele a los desintegrados, a los sectores sociales que no se sienten bien tratados con el sistema. Estos grupos, que no son irrelevantes (entre otras razones, porque se mantienen niveles demasiado elevados de desigualdad social, de inequidad) optan entonces por apoyar opciones antisistema. En Alemania, en concreto, es claro que la irrupción potente de AfD tiene esta causa ya que este partido ultra agrupa a todas las disidencias.

En definitiva, la gran coalición no es una buena noticia a largo plazo para la democracia. Y de ahí que los grandes sistemas demoliberales debieran quizá revisar sus sistemas electorales para introducir más elementos mayoritarios y facilitar la gobernabilidad de un solo partido, sin tener que recurrir con tanta frecuencia a pactos que desacrediten la política misma.

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