EL GORDITO ATÓMICO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ahora que volvemos al cole, con permiso de Marzà y sus líos en los tribunales, recuerdo la entrañable figura del gordito de la clase, pues en cada aula habitaba un compañero rechoncho, perfectamente integrado, que se ganaba la confianza del resto a base de simpatía y amabilidad. Sólo explotaba si alguien le chuleaba el bocata del almuerzo, y en ese caso se convertía en un tipo temible pues su peso le otorgaba descomunal fuerza. Pero, en general, el gordinflas era uno más en ese microcosmos donde también encontrábamos el bajito, el payasete, el gamberro, el vago y el niño rico, pues siempre había uno que era rico, o al menos más adinerado que el resto. La estampa del gordo pacífico se quiebra con el inquietante dictador de Corea del Norte, único sobrealimentado de su país y hambriento de misilazos radioactivos que acollonan al mundo entero. Frente a él nos topamos con un sheriff blondo, bocazas y me temo que poco sentimental. Una mezcla explosiva que no presagia nada bueno. Trump parece más partidario de la bronca que de la astucia, y debería de recuperar la jugada maestra que inventó Reagan para fumigar el comunismo de la URSS. La mayor estafa de la reciente Historia fue la del escudo antimisiles que se bautizó como «Guerra de las galaxias». Colaron la trola y los rusos se tragaron el anzuelo, desviaron todavía mayores recursos de su exhausta economía para lograr un sistema equivalente, con lo cual su oxidada maquinaria petó. El bloque comunista se desmoronó. Se habla poco de este suceso porque el creador fue Reagan y, como ya sabemos, a un republicano yanki, además actor mediocre, jamás se le reconocerá algún mérito en vista del habitual sesgo informativo de la progrez. Al dictador norcoreano se le debería doblegar con inteligencia, no con la cachiporra atómica. Por el bien común, digo.

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