En pos de la gloria de Pepita Samper

FERRAN BELDA

Aconsejé inútilmente a la entonces recién nombrada alcaldesa de Valencia Clementina Ródenas que si sabía lo que le convenía se desembarazaría de los prejuicios que agarrotaban a la izquierda exquisita capitalina, haría suyas las tradiciones valencianas y, si no le suponía un obstáculo insalvable por sus creencias, participaría en la Ofrenda. No voy a criticar ahora a Mónica Oltra por haber querido ser fallera mayor y no perderse una sola de las exaltaciones del barrio de la Olivereta. Todo lo contrario. Le alabo la decisión, forme parte o no de las etapas que se fijó cubrir, como buena alemana que es, para llegar a convertirse un día en presidenta de la Generalidad. Creo haberles contado, y si no se lo cuento ahora que, entre otras cosas, Mónica Oltra dejó el tabaco antes de los comicios de 2015 porque, según confesó a no pocos amigos y conocidos, «una presidenta no puede ser fumadora». Ni a comportarse, esto ya lo añado yo, como un bicho raro que desprecia cuanto le rodea. Como hizo la izquierda durante la Transición, fundamentalmente en el Cap i Casal, a raíz de la reacción suscitada en un amplio sector de las fallas por la publicación de un número de la revista 'Ajoblanco' y los airados comentarios que desencadenó una peliculilla de Lluís Fernández, 'La fallera mecànica', que casi nadie ha visto. Y en esto hay que reconocer que la consejera de Igualdad y Políticas Inclusivas está haciendo honor al nombre del departamento autonómico que dirige. No diré que con pulso firme porque mentiría. Oltra se ha integrado tanto en el paisaje urbano que, aunque ahora viva en el extrarradio, en ocasiones no sabes si habla ella o Jesús Hernández Motes, el presidente de la Interagrupación de Fallas implicado en los altercados de la manifestación vespertina del 9 de Octubre. Y es por ahí por donde le están viniendo las puyas. Que si las mujeres que desempeñan el cargo de fallera mayor deben «opinar poco. La comisión se encarga de todo y la fallera mayor opina poco»; las redes echaban humo cuando salió por estas peteneras. Que si se llevó a un fotógrafo a la sastrería y apareció probándose las enaguas; ¡la vicepresidenta del Consell en paños menores! Que si se va a hacer un traje a la manera alicantina, otro a la manera castellonense y otro a la manera valenciana; con lo estrictas que se han puesto las fallas en lo tocante a pureza indumentaria. Que si el vestido de Valencia será una recreación del que lució Pepita Samper cuando fue elegida Señorita de España en 1929. Que si se sentirá «muy orgullosa» llevándolo; fíjate tú, una feminista tomando como modelo a una protomiss. Que si patatín, que si patatán. Sorpresas que se podría haber evitado más de uno si me hubiera hecho caso el día en que escribí que tener a Marylin Monroe, intérprete máxima de la mujer objeto, presidiendo el despacho oficial era todo un síntoma de lo heterodoxa que es esta mujer.

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