TUVIERON SU DÍA DE GLORIA

MIQUEL NADAL

Por lo que voy a escribir siempre habrá quien considere que en un remoto meandro de mi cerebro se depositaron los restos de alguna lectura sobre la acumulación del capital, fenómeno del capitalismo que para los marxistas implica que desde la acumulación primitiva de capital, ese pecado original de la economía que acuñó Karl Marx en el primer volumen de 'El Capital', se incrementa siempre la riqueza social en una parte minúscula de la población (la clase capitalista). Por el contrario, la clase trabajadora decrece siempre en sus riquezas. El fútbol es una actividad tan inexplicable que puede permitir el capricho de un cierto izquierdismo. La competición en la Liga se ha transformado en un complejo proceso de acumulación tramposa de poder, y de extracción de recursos a favor de dos únicos participantes que centrifugan, como un agujero negro poder, dinero e influencia. Ese modelo condena a un pequeño círculo de equipos a aspirar únicamente a ser reinas por un día, algún título inesperado cada década, o la superación de una eliminatoria como máxima cima competitiva. El «tuvieron su día de gloria» al que se refería el otro día Piqué responde a esa limitada perspectiva. El resto de equipos se limita a vegetar la mayor parte de la temporada en la parte media de la clasificación, esperando las migajas del sistema. Llega un momento en la competición en el que no hay mayor interés que saber quién desciende, como en un reality preocupado por los perdedores, a los que se expulsa de la casa. No sucede nada. Los dos actores principales, los actores secundarios, el actor revelación, los actores de reparto, los que dicen una frase, o se sientan simulando tomar un café. En el fútbol de hoy los ricos son cada vez más obscenamente ricos y los pobres más miserablemente pobres. Los secundarios evocamos con ilusión un fin de semana en un hotelito que haga las veces de simulacro de villa lujosa, una final, que nos distinga del resto de clubes pugnantes por no caer en el abismo del descenso. Nos adormecen las emisoras con discusiones de la aristocracia. Los mismos que fichan por cantidades desorbitadas se quejan cuando otro rico incrementa el precio de sus caprichos, aun cuando todos en realidad se hacen unos a otros más ricos en cada operación. No pido revoluciones. Se saldan siempre con burocracia, sangre y demagogia. Uno solo pide una Ley anti-trust, en defensa de la competencia en el fútbol. Por puro apego al capitalismo y a un funcionamiento competitivo del mercado. Rivalidad real. Sin acuerdos concertados. O amenazarles con abandonarles con su juguete. Sin los demás no son nada. Uno escucha a Piqué hablar del Espanyol de Cornellà, y es el discurso del niño rico contando las copas de las vitrinas, y mi padre tiene un coche más grande. Diálogos de pijos del siglo pasado. Hoy ya no habla así ni el rico más tonto. Casi me sale un manifiesto.

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