GERBERTO, SANTO SABIO

Mª ÁNGELES ARAZO

Es sabido que muchos, muchísimos, venderían el alma al diablo -como Fausto- con tal de una eterna vida y juventud; ahora bien, venderla a cambio de adquirir conocimientos sin límite, imaginación y generosidad, ya es distinto. Esta excepción pertenece al papa Silvestre II, Gerberto de Aurillac, nacido a mediados del siglo X.

Monje benedictino y adicto a las bibliotecas monásticas de Francia y España, no contento con la ciencia cristiana deseó desentrañar la cultura árabe, y para ello viajó expresamente a Córdoba y Sevilla. En el campo del álgebra sustituyó el sistema de numeración romano por el arábigo y difundió el cero, concepto que los musulmanes habían traído de la India.

Pero a sus conocimientos teóricos sobre música, astronomía y matemáticas añadió su capacidad inventiva, y lo mismo realizaba un instrumento para contabilizar más rápido que el ábaco, que construía un órgano de vapor, que presentaba una esfera en la que se podían distinguir todas las constelaciones.

Fue elegido papa en el año 999, en aquella etapa de cambio de siglo y de milenio en la que, en lugar celebrarla con fuegos artificiales, la gente se suicidaba antes de que el mundo fuese un cataclismo y tuviera lugar ¡ay! el Juicio Universal.

Murió en 1003, y, aunque admirado por su sabiduría, como no levitaba, ni hacía grandes milagros, nadie lo propuso para ser santificado, máxime cuando su ruego dejó a todos sorprendidos: «Al morir quiero que me fracturen todos los huesos, para que el diablo no me robe». Fue una frase pronunciada con ironía, pero que hizo pensar que había ofrecido su alma al demonio. Se respetó su voluntad, pero espantó a los fieles, ya que del sepulcro comenzó a salir una nube húmeda, inmensa, que empapaba las columnas y los altares de la iglesia de San Juan de Letrán cuando iba a morir un papa.

Naturalmente, algún jerarca eclesiástico quiso terminar con aquel hecho paranormal, por lo que mandó abrir el cenotafio, y entonces ocurrió que los huesos conservados se pulverizaron. Terminó la humedad que calaba en el templo. Como era un sabio, se habría burlado del diablo, mas la leyenda quedó sin ese final. Cualquiera sabe.

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