LA GENUFLEXIÓN

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Sin prisa pero sin pausa lo de cenar insípido pavo camuflado por varias salsas se impone cuando el día de acción de gracias. Otra tradición made in Usa que alcanzará en breve tiempo gloria y apogeo en nuestra patria. Como la NBA, la Superbowl, el viernes negro, Halloween, el cine de superhéroes o la hamburguesa de barbacoa chaletera. Así es la vida y conviene asumir sin mayores dramas nuestra condición de país culturalmente, es un decir, colonizado por el imperio anglosajón. Obsérvese que el podemita Ramón Espinar promovía el boicot a lo de beber Coca Cola y luego se las pimplaba de dos en dos. Eso sí se me antoja un drama de doble moral. Lo ultimísimo en este vasallaje viene con la pedida de mano a la chica. En varios concursos tontos o programas banales de las teles, el concursante o el menda que asoma su hocico desde ese espacio, hinca la rodilla en plan lechugino de todo a cien, compone ojos de borrego degollado, desenfunda la caja con el anillo y mendiga genuflexo matrimonio a su amada, la cual sufre un súbito coloreado bermellón de mejillas mientras aletea las manos y emite gemidos que expresan esa emoción similar a las risas enlatadas de las teleseries chungas. Hace años que perdimos el pudor para abrazar sin reparos la exhibición ridícula. Aquí, el matrimonio se pactaba con cierta dignidad. El asunto flotaba sobre la chepa de los novios hasta que cristalizaba con naturalidad. Oye, en fin, como llevamos años juntos compartiendo lecho, ¿y si nos casamos? Y el personal se desposaba sin necesidad de recurrir a numeritos cursis. Sin embargo, en vista de las modas, comprobamos que en nuestra actual sociedad resulta harto difícil despreciar una ocasión para hacer el ridículo. Entre la sobriedad o la pamplina chorra se escoge, sin atisbo de duda, lo segundo. Esto me parece curiosísimo...

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