Otra generación

Arsénico por diversión

Llegará un día en el que el relato de la independencia serán batallitas del abuelo

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Harán falta dos o tres generaciones. Son los ciclos habituales. Nuestros padres o abuelos lucharon por la democracia en España y ahora nuestros hijos o nietos creen que es imperfecta, que hay planteamientos mejores y que es necesario cambiarla. En Cataluña, el discurso independentista se ha ganado dos o tres generaciones e incluso puede que se haga también con aquella que utiliza ahora para pegar carteles o manifestarse a las puertas del cole. Sin embargo, ningún credo político es eterno. No se puede engañar a muchos durante mucho tiempo, decían los clásicos. No hay más que hablar con los chinos que hoy solo piensan en montar un negocio y ni saben ni les interesa el colectivismo de Mao o con los norcoreanos si tuvieran libertad para hablar, pensar o discrepar. Los independentistas pueden estar muy seguros ahora, pero quizás los niños de hoy, o sus hijos, renieguen de la patria catalana independiente y acabemos, de aquí a 50 años, viendo -los que estén- una agrupación de países y disolución de fronteras entre miembros de los Estados Unidos de Eurasia. Para entonces, se lamentarán muchos de la falta de visión de futuro, del daño producido entre afines por una idea política u otra, y del tiempo perdido en banderías pudiendo crecer juntos.

Llegará una generación, como ahora constatamos en los jóvenes próximos a Podemos, que dudará de los logros de sus mayores y querrá defender sus propias causas. Llegará un día en el que el relato de la independencia serán batallitas del abuelo. Probablemente no lo veremos ni podremos escribir sobre ello pero no hace falta bola de cristal para saber que ocurrirá. Ahora bien, hay que reconocer que la idea de España, con todos sus déficits, complejos y problemas, ha durado mucho más que la mayoría de opciones políticas, partidos y programas. Posiblemente porque responde a una realidad profunda, no diseñada en un despacho, y porque la unión de fuerzas hace menos daño que la división. Sin embargo, caminamos hacia una Europa que ha olvidado también los esfuerzos de las generaciones anteriores por superar la división del siglo XX. Ahí también es cosa de los hijos o los nietos que no han vivido ni las Guerras Mundiales ni el Muro de Berlín y los bloques. Creen que la defensa del proyecto europeo es una coartada de sus mayores para mantener privilegios. Algún día, sus hijos o nietos lamentarán que se echara a perder una unidad defectuosa y torpe pero capaz de procurar una estabilidad y una prosperidad no conocidas en los siglos anteriores.

Europa, como España, necesita dos o tres generaciones más para volver la mirada a lo que nos une. Lo preocupante son los riesgos y amenazas de fractura, dolor y enfrentamientos que están por venir. Que la rueda termine de dar la vuelta que nos lleve al punto en el que estamos con el resultado triste que acarrea pasar por las otras fases de enemistad, reproches, persecución y desconfianza mutua.

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