CUANDO GANAR ES PERDER

Quien piense que Puig podrá darse como ganador con una victoria pírrica, con un porcentaje que quizá no supere ni el 60% de los votos, se equivoca

J. C. Ferriol
J. C. FERRIOLValencia

El empeño de Ximo Puig por tratar de desquitarse de la humillación sufrida el 21 de mayo, tras el batacazo de su 'aliada' Susana Díaz en las primarias federales, ha conducido al PSPV a un callejón sin salida. La militancia socialista elige mañana al nuevo secretario general tras un combate -el que han sostenido Puig y Rafa García- que jamás debería de haberse producido en el partido que ocupa la presidencia de la Generalitat. Es posible que el actual secretario general obtenga más votos que su adversario. Pero quien piense que Puig podrá darse como ganador con una victoria pírrica, con un porcentaje que quizá no supere ni el 60% de los votos, se equivoca. Lo que estás primarias han permitido retratar es un PSPV partido en dos. Un partido partido, como diría Simeone. Dos partes irreconciliables, separadas primero por la batalla del comité federal del 1 de octubre, y vueltas a enfrentar ahora por la pugna por el liderazgo del socialismo valenciano. Puig quería resarcirse del fracaso de la primera, y quizá no ha calculado que vencer a cualquier precio o por un margen mínimo tampoco resolverá nada. No constan en la hoja de ruta que ha traido a Blanquerias hasta este punto ni una sola concesión al diálogo, al entendimiento, a evitar el choque de trenes. García sí planteó de inicio una oferta -Puig presidente y él secretario general- que obtuvo la negativa por respuesta. Se podía haber negociado, pero se ha preferido el pulso y para ello se han empleado argumentos tan insostenibles en el PSPV como el de ese asesor que considera que el alcalde de Burjassot no puede ser líder del partido porque no habla valenciano. Ahora resulta que para liderar el socialismo valenciano ya no hacen falta principios, ni propuestas ni valores. Es el conocimiento del valenciano el que da el salvoconducto -si es verdad que la sandez es de Orengo, que se lo haga mirar-. Puig y Ábalos deberían haberse entendido. Si la presidencia de la Generalitat es, como se sostiene desde el Palau, un preciado logro después de veinte años que cabía salvaguar, el partido no podía someterse a una pelea como ésta, con el consiguiente riesgo de que se reproduzca en los congresos provinciales, comarcales. Máxime ahora que los sondeos anticipan cierta recuperación a nivel nacional... El proceso ha servido para visibilizar lo irreconciliable de algunas posiciones. Y también para terminar de retratar una historia de miserias personales, de cuanto peor, mejor, protagonizada por todos aquellos que piensan que un Puig débil puede ser su mejor opción de futuro. Esos que, incluso arropando ahora al secretario general, están pensando en volver a ser los elegidos, más por estar en el lugar y el momento adecuado que por acumular méritos, para sacar tajada. La misma tacañería política de siempre.

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