No ganamos para sustos

Tienda de campaña

La Pantera Rosa recibió el mote por su perfil más que por su color; pero todo rojo situado al aire libre se desgasta

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Tetróxido de plomo. Eso ha sido, toda la vida, el minio. De color rojo, o sea color minio propiamente dicho: el mejor recubrimiento antioxidante para proteger superficies metálicas, hablemos de un barco, una baranda de paseo marítimo o una fuente dedicada a la traída de agua desde el río Júcar, que eso es lo que los valencianos vinimos a llamar con guasa la Pantera Rosa. Minio, porque el mineral que lo produce lo extraían los romanos de las riberas del río Miño. Color minio, color rojo, para la tinta con que los amanuenses y pendolistas escribían los códices, primorosamente... miniados.

La Wikipedia, como la Pantera Rosa, es una fuente eterna que mana en circuito cerrado; todo está allí y lo que no se sabe se inventa. Lo que ocurre es que en Valencia, últimamente, no ganamos para sustos y precisamente ahora, momento delicado en que la gente está empezando a hacer planes para disfrutar (o huir a toda prisa) de la ciudad en fallas, acaban de soltar la bola de que la escultura de Miquel Navarro la han pintado de rojo, haciendo una especie de trampa-metáfora --del rosa al rojo-- que nos va a obligar a llevar encima una aplicación telefónica de Pantone.

Seamos serios: minio, tetróxido de plomo. Que en las recetas modernas ya no tiene plomo, porque está muy mal visto, pero no ha perdido su clásica tonalidad. Que no necesita de chistes, entre otras cosas porque ya se hicieron en los años ochenta, cuando en el área de la Cultura y las esculturas del Ayuntamiento estaba Vicent Garcés, uno de los tres o cuatro militantes de izquierdas, o sea rojos de verdad, que el PSPV- PSOE ha tenido desde Adán y Eva por no exagerar.

Quiero decir que a la fuente del genial escultor de Mislata se le puso el cariñoso mote, más que por el color, por el aspecto; porque su delgadez y el perfil elegante de la cabeza estaba evocando el dibujo que DePatie y Freleng hicieron para el cine. Lo que pasa es que el minio, y su roja tonalidad, no son para siempre. Y que, como la ocurre al socialismo, y al resto de partidos, la coloración le cambia a la intemperie. Y del mismo modo que el azul se amorata o tiende al mahón, el rojo no se hace más chillón al aire y al sol, sino que se mitiga y se sonrosa. Si encima, la plancha metálica de la fuente se somete, durante largas horas, gracias al viento, al rociado del agua con exceso de cal que¬ nos bebemos... es muy natural que el rojo Titanic se vuelva rosa pálido y hay que repintar.

No ganamos para sustos: el consumo de tranquimazin está doblando al de «cacau del collaret» a base de encuestas; los días se miden por sobresaltos. A ese súbito cambio de color de la Pantera Rosa, va a seguir el «sacsó», el profundo cambio en la red de autobuses de la ciudad. Prepárense para lo bueno.

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