GANADERO DE ÉPOCA

Victorino Martín puso su persona por delante del personaje que convivió con él durante más de cuarenta años. Una época del toreo y un personaje de época. Ni el brillo de la popularidad ni el aura de la fama llegaron a cegarle. Fue de una cercanía nada común con la gente del toro y también con gente ajena al toreo, en grado distinto pero no distante. Don de gentes cautivador, irresistible en tardes de toros cualquiera que fuera la plaza donde lidiara. Madrid, Bilbao, Sevilla o Logroño, feudos fijos propios. Castellón, Valencia, Bayona, Santander, Zaragoza, San Sebastián, Mont de Marsan o Azpeitia, y en su día Nimes, donde llegó un año a lidiar tres corridas dentro de una sola feria. En plazas menores donde se anunciaran corridas suyas, Victorino se convertía en protagonista. Una personalidad magnética.

Se retrataba por su elocuencia, su bello timbre de voz serrana y su sonrisa entre socarrona y transparente, pero, sobre todo, por su mirada profundamente expresiva, frontal, directa y aguda, más veces brillante que preocupada. El optimismo como razón de ser. En momentos difíciles de su vida familiar y de su vida profesional, que los hubo, Victorino fue el mismo que en sus muchas tardes de gloria como ganadero en plaza y, desde luego, en la intimidad del campo como criador de bravo. Sus fincas de Cáceres han pasado a ser recintos de culto.

La fuerza de carácter, la fidelidad a una idea, la perseverancia y la intuición. Sobre esas bases se pusieron y sostuvieron en pie el ganadero y el personaje, fundidos los dos por una pasión irrenunciable por la fiesta de los toros. Victorino fue un aficionado extraordinario.

Educado taurinamente en Las Ventas en los años cuarenta y cincuenta, se hizo ganadero de bravo no por efecto del primitivo negocio de carnicería de su familia sino por sus ideales de aficionado, traducidos en la defensa de la integridad del toro y en la recuperación de un encaste, el de Saltillo-Santa Coloma, que estaba al borde de la extinción cuando Victorino y sus hermanos Venancio y Adolfo compraron a mediados de los años 60 la ganadería de Escudero Calvo, contaba el propio Victorino, «a la puerta del matadero» de Galapagar donde iba a ser sacrificada.

La aventura de lanzarse a un mercado de bravo hermético fue de alto riesgo, pero se cumplió la máxima romana del 'audaces fortuna iuvat' y solo quince años después de sus primeros, aislados y sonados éxitos en Madrid Victorino estaba instalado en el olimpo de los ganaderos. Detractores y zancadillas, más de un poderoso enemigo, vetos encubiertos, pero fueron muchísimos más los partidarios y los apoyos incondicionales, que hicieron de Victorino un regenerador de la fiesta y una voz de indiscutible autoridad en el mundo del toreo a partir, sobre todo, de la llamada Corrida del Siglo, en junio de 1981 en la plaza de toros de Madrid. Espectáculo memorable.

En el trato cercano con los periodistas taurinos Victorino fue respetuoso, afectuoso, sincero y sin dobleces. El mismo en las duras que en las maduras. Los años trabaron en la mayoría de los casos una fiel amistad, que en mi caso echó raíces una noche de 1989 en el Hotel Bahía de Santander. Victorino había lidiado por primera vez en la plaza de Cuatro Caminos una corrida brava de muy desiguales hechuras. El sexto, el de mejor nota en mi opinión, fue uno de los toros más feos o raros en el largo historial de la ganadería. Un toro muy escurrido y largo, algo deforme, los cuernos como un manillar de bicicleta. Lo toreó muy bien Rafael El Boni. Dos orejas, sí, pero cuando llegué a la recepción del hotel observé que Paco Gil, el empresario que recuperó Santander para los toros, y Victorino discutían en tono mayor. Supe después que por el precio de ese toro tan feo, que había sido muy protestado. Antes de retirarme, me despedí de Victorino, que estaba a punto de marcharse, y le di la enhorabuena. Por la corrida y, sobre todo, por ese toro, que me había entusiasmado. Y se acabó la disputa. «¿Ves...?», le dijo Victorino a Paco Gil.

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