EL FÚTBOL DE LA OBVIEDAD

MIQUEL NADAL

Los caprichos del calendario han silenciado dos lunes de columnas, con lo que ello supone de reflexión sobre lo que uno hace cuando define esto como opiniones de fútbol. Algunos reclaman que esto sea una crónica de la actualidad, cuando lo que pretende es no serlo, pues ello supondría tener que zambullirse en el reino de la actualidad, con las dificultades que para los compañeros de página supone recrear una y otra vez las distintas declinaciones del fútbol es así. Asumo que es posible no saber de tácticas, o estar incapacitado para la gestión de una entidad deportiva, y sin embargo opinar con vehemencia. A mí me parecería un insulto a la inteligencia de los lectores usurparles su opinión. Más de medio siglo de contacto con el fútbol, como con la vida, aun en el más torpe de los escritores, da al menos el suficiente conocimiento como para saber que llega un momento que las victorias dan paso a la derrota. Supuestas victorias que te encumbraban son el umbral de la gestación de la duda, como hay días de victorias inmerecidas, esos aprobados con suerte, y columnas que salvas en el último minuto con un adjetivo inesperado, remontando las obviedades, como en un gol en el tiempo de descuento. Cuando uno ha de escribir de fútbol cada vez le interesan menos los fichajes, los balances financieros, el antes y el después de los partidos, porque el fútbol se convierte en el estricto acontecimiento que sucede cuando salta al terreno de juego mi Valencia, con ese posesivo retórico e inocente que sirve para justificar una afición a la que no podemos renunciar. Mi concepción del mundo del fútbol se reduce a esos noventa minutos, al fútbol que se comparte con los hijos, y a la concepción, vanidosa e infantil, de que la intensidad de mis sentimientos en el campo o en la televisión, influye en el resultado de ese equipo, con ese nombre y ese escudo. El resto es accesorio. Los años consolidan en tu imaginario que el secreto no está en el fanatismo de lo propio, ni en la mentalidad servil, sino en la aspiración de no pisar a nadie y no regodearse en ser menos que nadie. Conviene no olvidar que se trata de una mera convención, un juego competitivo que no es física cuántica, ni semiótica. El medio siglo de Mestalla a cuestas da para opinar sobre cosas que sabemos por viejos. Porque es solo fútbol. El Valencia CF, como se demostró en la idea de la Copa del Rey, no es un equipo de titulares y suplentes. Son dos plantillas con los mismos jugadores y dos equipos dependiendo de si juega o no Parejo. Todo lo demás es 'fullaraca'. Lo esencial es que a la misma hora, en el Boulevard Lefebvre, en el 15e arrondissement, y en Valencia se comparte la misma mirada. Esa complicidad lo vale todo.

Fotos

Vídeos